No salgo de mi asombro: Diógenes Sánchez dice que “volver a clases era llevarnos al matadero”. Las respuestas que da a las preguntas de Flor Mizrachi son tan disparatadas y tan poco profesionales que dan vergüenza ajena, y eso que el profesor lo es de Filosofía e Historia.
Diógenes, tocayo del gran cínico griego, responde desde esta postura filosófica con una cara tan dura y con tanta falta de información e interés ―no ya por la Educación en sí misma, si no por su propio puesto de trabajo―, que uno parece escuchar a Cantinflas, Chespirito o Tres Patines. Un rosario de excusas y poca profesionalidad que solo admite una respuesta: el despido.
En España, por ejemplo, antes siquiera de tener a la vista la vacuna, los muchachos volvieron a clase. Es tan fácil como copiar el plan y las medidas que se han tomado y aplicarlas a Panamá. Ha habido pocos casos, y los que se dieron, se controlaron sin problema. Y eso que en España no van tan sobrados, ni mucho menos, y tienen sus muchos fallos.
A Diógenes hay que advertirle que abandone el cinismo de su ilustre tocayo y se ponga a trabajar, que ya va siendo hora. Los muchachos no pueden perder un minuto más encerrados en casa, viendo cómo se pierden los años escolares por la falta de valor de sus profesores, cuyo himno los consagra como seres “abnegados”. Necesitamos hombres y mujeres que estén a la altura de las circunstancias, no héroes ni presidentes que se la rifen.
Volver a las clases no es ir al matadero, es retomarle el ritmo a la vida buscando las alternativas que garanticen la salud de todos. La mayoría de los países ya han mandado de vuelta a sus alumnos a clases, ¿por qué no nosotros? Hay mucha desinformación y ombliguismo patrio en medio de la pandemia: hemos encontrado la excusa perfecta para que siga la inacción, la corrupción y la cobardía.
El autor es escritor
