El próximo 28 de noviembre de 2021 celebraremos el doscientos aniversario de nuestra separación de España, un bicentenario que ya tiene logo, programa y un recorrido cultural dentro de la agenda del Gobierno, y que es uno de los aciertos más notables de su gestión hasta ahora. Una celebración que tiene varios caminos hacia el pasado que conviene reseñar.
Al pasado se puede volver por la ruta del rencor, una ruta que no conviene nunca a la causa del conocimiento de la propia historia porque, como pasa en ámbitos privados, por mucho rencor que acumulemos, nada cambiará lo que fue y, además (esto es lo más peligroso), resta perspectiva y objetividad sobre los hechos.
Otra ruta es la de la nostalgia, la de aquellos que se quedan con los “ardientes fulgores de gloria”, presos de un romanticismo que nubla los hechos y que pervierte la correcta evaluación de los mismos, alimentando la idea perversa de que criticar a los actores del momento o evaluar los hechos como no tan altruistas o heroicos, es casi un delito que debe pagarse con la retirada de la nacionalidad. La de aquí o la de allá.
Para este bicentenario, la mejor ruta, es la del puente que se eleva sobre el pasado común. Conviene caminar hasta allá e invitar a los interesados a venir hasta aquí para vernos de cara y conversar sobre todo aquello, poner perspectivas en común y debatir desde el respeto reflexivo pero firme sobre las cosas que vivimos entonces.
Doscientos años después, conviene leernos, escucharnos y valorar lo que resultó de todo aquello; dónde estamos y hacia dónde podemos ir. La nostalgia y el romanticismo son malas consejeras a la hora de volver al pasado: son una pareja que busca hundir el criterio para que abracemos argumentos más perversos y distanciadores. Pretenden mantenernos en un rencor ignorante que no nos permita saber qué pasó para no volver a cometer los mismos errores.
El autor es escritor