La sindemia

Vulnerabilidad humana

El año 2020 nos ha traído una realidad perturbadora y difícil de entender: sí, los humanos somos vulnerables, las enfermedades zoonóticas pueden generar pandemias con resultados impredecibles, y sobre todo somos seres sociales, aunque por lo general ignoramos cómo nuestra existencia depende del otro.

La realidad es que la sociedad como la conocemos mantiene un delicado equilibrio, donde coexisten desigualdades que pocas veces se cruzan, y las necesidades apremiantes de algunos, son las oportunidades de otros. Convivimos en mundos paralelos, donde la inseguridad social, el acceso a servicios de salud, la imposibilidad de vivienda propia y la falta educación de calidad viven escondidas bajo los trabajos informales y ninguna estabilidad.

Aunque el riesgo de contagiarnos con este virus, el SARS-CoV-2 es real para cada uno de nosotros, las cargas no están del todo balanceadas y las repercusiones en los grupos más vulnerables de la sociedad está en desarrollo. La sindemia es el concepto de que una epidemia tiene mayor impacto en ciertas poblaciones con mayores desventajas. Esta relación aumenta la carga de la enfermedad en dicho grupo con respecto a otros más privilegiados. Aplicando la sindemia en el abordaje de la salud pública entendemos cómo desigualdad social sí afecta la salud e incide en una disminución de la calidad de vida. Es un hecho que la equidad en salud y justicia social deberían delinear las políticas de estado.

Para aquellos que nunca hemos sentido tan de cerca la posibilidad vivir el día sin ninguna seguridad, el SARS-CoV-2 ha generado el peor de los miedos: la vulnerabilidad. Por primera vez algunos tienen o tendrán que hacer el ejercicio diario de balancear entre riesgo y beneficio: si me quedo en casa, estaré “seguro”, pero no recibiré un salario por ello. Eso hace que la pandemia sea abrumadora, es incierta y nos lleva a enfrentar terrores primordiales, cuando el hombre exponía su vida cazando para poder comer.

Los paralelos de esta historia parecen disímiles y sin embargo están ahí, este nuevo virus nos lleva a organizarnos, a replantearnos, a aceptarnos como seres frágiles. Nos queda a nosotros utilizar herramientas que nuestros ancestros no tenían y dirigir las decisiones basadas en evidencia. Mientras eso sucede, seguiremos esperando a que una vacuna o tratamiento o quizás, mejores datos epidemiológicos nos ayuden a recuperar un poco de la confianza perdida.

La autora posee una maestría científica en Salud Pública

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