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Y sigue el calvario…

Y sigue el calvario…
El Decreto Ejecutivo 36 de 2022 permite las cotizaciones en línea y compras directas para adquirir medicinas. Archivo

Hace dos semanas, vimos algunos de los enredos a que nos enfrentamos los médicos a la hora de recetar medicamentos. Hoy, veremos a lo que se enfrentan los pacientes.

Como ya mencionamos, todo el enredo de los números de las recetas, el nombre genérico, la presentación, la dosis, el tiempo de administración y el sello, aumentan las posibilidades de que la receta tenga algún error que sirva para que no se le despache al paciente lo que su médico le indicó. Incluso, si la receta está escrita en computadora, para algunos de los cenutrios o cenutrias (para que no digan que no soy inclusivo) es razón suficiente para mandar al paciente de vuelta a buscar otra prescripción, porque “su médico se equivocó”. La dificultad que tenga el paciente para conseguir las medicinas o las consecuencias que pueda tener que no tome su tratamiento, le importan un rábano a alguien que se limita a cobrar un salario por consumir oxígeno y liberar CO2 mientras está detrás de una ventanilla.

Eso se suma al hecho que solo se pueden poner dos medicamentos por receta y recetarlas por un mes. Así, un paciente hipertenso, diabético, con colesterol alto y con insuficiencia cardíaca, no es de extrañarse que tenga que llevar siete u ocho recetas cada mes cuando se dirige a la aventura mensual de ir a “sacar medicinas”.

En las dependencias del Estado, uno de los principales problemas es lo referente al ya casi permanente desabastecimiento de medicamentos de uso crónico. De allí que no es raro que de los diez o doce tratamientos que debe recibir un paciente, tres o cuatro estén agotados. Eso complica el proceso, pues se le retendrá la receta de todo lo que se le despache, de modo que si la receta tiene dos medicinas escritas y una no está disponible, le retendrán la receta y no tendrá como conseguir la otra.

Otro fenómeno que nunca he entendido es cómo se establece qué presentaciones de los medicamentos son los que deben estar en el dichoso “cuadro básico”. Pongo un par de ejemplos de medicamentos que utilizo regularmente en mis pacientes, por lo cual hablo con conocimiento de causa. Actualmente, los medicamentos para reducir el colesterol son de uso regular. Según está bien establecido en las guías de tratamiento estandarizadas, cada vez es necesario alcanzar niveles más bajos de colesterol para prevenir eventos cardiovasculares. Eso implica utilización de dosis más altas de las medicinas. Bueno, pues aún así, nuestra CSS solamente tiene simvastatina de 10 miligramos en el cuadro básico. Muchos pacientes que han tenido eventos cardiovasculares requieren dosis de 40 miligramos diarios, lo que implica tomar cuatro tabletas juntas cada día. Si además tiene insuficiencia cardíaca y hay que recetarle carvedilol, cuya dosis ideal es 25 mg dos veces por día, el Seguro Social únicamente cuenta con tabletas de 6.25 mg. Eso significa que el paciente debe tomar cuatro tabletas por la mañana y cuatro por la noche, ¡lo que se traduce en que hay que despacharle 240 tabletas cada mes! Entonces, no debe sorprendernos cuando el paciente (o el bucéfalo que despacha en la ventanilla) dice que “son demasiadas pastillas”. He preguntado varias veces por qué no se cuenta con la presentación de 20 mg de simvastatina o 25 mg de carvedilol y nunca he recibido una respuesta racional. Siempre se dicen cosas como “es que eso es lo establecido en el cuadro básico” o “soliciten que se cambie”. Traducción operativa: no fastidie…

Y lo del desabastecimiento es indignante. Personas que llevan una vida pagando cuotas para recibir atención médica de la mejor calidad posible, se ven en la necesidad de ir a comprar medicinas en las farmacias privadas para poder completar sus tratamientos. Pero esto se ha vuelto tan común, que ya se ha normalizado entre los pacientes y dan por un hecho que nunca podrán conseguir la prescripción completa.

Pero no solo ocurre en las instituciones públicas. Cada vez es más frecuente que a nivel privado haya escasez de ciertos medicamentos, la mayoría de las veces bajo el argumento de que “se venció el registro”. Y en Panamá, eso de los registros es una película de terror. He conversado del tema con personas de la industria farmacéutica y suelen estar resignados a que, en Panamá, los medicamentos llegarán uno o dos años después de que se comenzaron a comercializar en el mundo, porque ese proceso de registro es muy tedioso (y me atrevería a decir que bastante ineficiente).

Lo más curioso de todo esto es que cuando se cuestiona por qué pasan todas estas cosas, la respuesta habitual es que “son normas que están en la ley”. Pues me di a la tarea de conseguir la Ley 1 del 10 de enero de 2001, que supuestamente es la que legisla “sobre medicamentos y otros productos para la salud humana”, y encontré que muchos de estas supuestas normas no están en la dichosa ley. Así que quién sabe de dónde salió todo esto, pero al final parece ser que el objetivo es enredarle la vida a la gente.

Con todos estos problemas, es difícil entender por qué no se modifica esta norma. Pero luego vemos que los diputados (y diputadas) están muy ocupados proponiendo la ley que establecerá que el 16 de junio se declare el “día del canto de la décima panameña”…

Aún estoy investigando sobre el tema que falta tocar, que es el misterio del precio de los medicamentos. Espero que, para la próxima columna, tenga una idea más clara para compartirla.

El autor es cardiólogo


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