En algún momento sentí que salir a la calle, protestar y pelear por lo correcto haría la diferencia. Pero lo cierto es que el gobierno no es el problema. El gobierno es el síntoma de una ciudadanía enferma en su base, y la apatía por la lucha es una clara manifestación de ello.
No conlleva mucho esfuerzo encontrar obvios ejemplos de corrosión en nuestra sociedad. Nada más vean como los estudiantes de Derecho de la USMA consideraron que cometer fraude electoral en las elecciones estudiantiles era una opción viable.
Normalizamos la podredumbre; nos parece lo esperado. Carentes de principios, aprendimos a vivir navegando las aguas de lo amoral. Y lo más grave es que nos sentimos cómodos.
Con esto no quiero decir que cederé ante la corrupción, sino que mi lucha contra el sistema se enfocará en seguir firme en mis principios. Esto puede parecer sencillo, pero no lo es, pues el sistema está constantemente tratando de absorbernos, de extorsionarnos, de doblegarnos... y se requiere de un trabajo importante de consciencia para mantenerse firme. Esta es la lucha: permanecer fuertes en una base de principios, de valores universales.
Como claramente lo explica un buen amigo: “¿para qué ir a gritar enardecidamente contra los gobernantes, si la que está pútrida es la sociedad? En todo caso, digamos que el día de hoy hago más empacando donaciones que saliendo a la calle a marchar. Hago más parándome firme y no dando coima al Minsa cada lunes y martes que pasan a inspeccionar, que vociferando en una manifestación”.
Las protestas son válidas, sin duda. Son una tremenda herramienta de accionar cívico que nos permite demostrar nuestra insatisfacción y defender nuestros derechos. Pero para que nuestra protesta tenga peso y validez, debe ser congruente con lo que somos y lo que esperamos. Por otro lado, una sociedad rescatable, que aun tiene chances de corregir su camino, no necesitaría ser aupada para salir a proteger sus derechos. Por escándalos mucho menos graves que los que vemos aquí, vemos protestas multitudinarias y consistentes en otros países.
El daño que nuestros gobernantes le hacen a la sociedad es innegable. Pero mientras no nos hagamos responsables y asumamos, a conciencia, el papel que cada uno de nosotros juega en el origen y mantenimiento del problema, difícilmente podremos ser parte de la solución.
La autora es psicóloga y propietaria de restaurante