El 11 de julio del 2021, el régimen Castro comunista fue sorprendido por los vientos huracanados de una tormenta perfecta que muchos han interpretado como el principio del fin de una dictadura de 62 años. Ese día, miles de cubanos se tomaron las calles de más de 30 pueblos y ciudades, gritando “libertad”, “abajo el comunismo” y “patria y vida”, pero el grito más escalofriante para los líderes del régimen fue “ya no tenemos miedo”.
Estos gritos representan un extraordinario coraje en un régimen totalitario donde todos dependen de la magra ubre del Estado; donde la vigilancia del régimen sobre la ciudadanía se lleva a cabo literalmente de cuadra en cuadra; una sociedad donde se informa meticulosamente sobre la integración ideológica y la conducta política tanto en el expediente académico acumulativo de cada estudiante, desde primer grado hasta la universidad, como en el expediente laboral acumulativo que acompaña a cada obrero toda su vida; una sociedad en la que los actos de repudio, que son turbas organizadas por el régimen, siembran terror entre los miembros de la oposición y en la que la arbitrariedad de la llamada Ley de Peligrosidad permite el encarcelamiento de cualquier persona no por haber cometido delito alguno, sino tan solo porque las autoridades sospechen de que pueda cometer un delito contra la sociedad comunista en el futuro.
Los gritos de libertad le han dado la vuelta al mundo. Manifestaciones de apoyo se han llevado a cabo en numerosos países y una veintena de presidentes se han expresado pidiendo el fin de la represión en la isla. Aun cuando las manifestaciones del 11 de julio son el acontecimiento contestatario más espectacular de acción colectiva, debo recordar que dichas manifestaciones tienen una larga trayectoria, como la de los miles de alzados que enfrentó el régimen en la Sierra del Escambray a principios de la década del 60; los alzamientos del pueblo de Cojímar en julio de 1993 y del pueblo de Regla el 15 de octubre de ese mismo año, y las más dramáticas manifestaciones del 5 de agosto de 1994 en La Habana, cuando más de 30,000 cubanos se tomaron los barrios cercanos al Malecón habanero, pidiendo “libertad” y enfrentándose a las fuerzas de seguridad con palos y piedras. No incluyo aquí como acto de rebeldía, pero sí de rechazo al régimen, los acontecimientos del Mariel de 1980, cuando más de 120 mil cubanos lograron salir del país tras enfrentar golpes y actos de repudio por expresar su deseo de abandonar el país, así como los miles de ahogados en el estrecho de la Florida.
Pero, ¿en qué sentido este acontecimiento del 11 de julio es único en la historia del sistema comunista cubano? Veamos las razones y los orígenes de esta tormenta perfecta. Empecemos con un sistema económico cuyo fracaso llevó a la caída del comunismo en Europa oriental y que Castro rehusó abandonar por miedo a perder el poder. El régimen pudo sobrevivir, aunque crecientemente endeudado, gracias a los enormes recursos procedentes de una economía venezolana que hoy se halla en franca depauperación. A esa precaria situación se sumó el impacto de la pandemia del Covid-19 y su consecuente contracción económica mundial que ocasionó una caída vertiginosa del turismo, uno de los principales sustentos de la ya destartalada economía cubana. La pandemia produjo, además, una disminución de las remesas procedentes del exilio cubano. Sin embargo, todo lo anterior no explica por sí solo la dimensión nacional y la magnitud de unas protestas que tienen su origen en la creciente rebelión de jóvenes artistas cubanos que enarbolan como bandera de lucha, la expresión “patria y vida” en contraposición al ya tétrico “patria o muerte” de una revolución fracasada.
El ingrediente clave fue que, por primera vez, el pueblo contó con los medios para comunicarse y organizarse a nivel nacional gracias al creciente número de celulares en posesión de la población y a un internet que, aunque significativamente restringido, permitieron que la noticia de la sublevación en la primera ciudad, San Antonio de los Baños, volara de punta a punta de la isla. Por primera vez en Cuba, el pueblo tenía voz propia y pudo expresar sus frustraciones ante una vida paupérrima y un gobierno que, además de ser incapaz de satisfacer las necesidades básicas del cubano, limita y bloquea las libertades evitando que el ciudadano pueda utilizar su creatividad y talento y así agenciar por sí solo o con otros su propio destino.
La respuesta no se hizo esperar: incrementar la represión y el terror policiaco. De la boca del mismo Díaz-Canel salió la orden: “convocamos a todos los revolucionarios comunistas a que salgan a las calles; la orden de combate está dada; a la calle los revolucionarios”. En efecto, un pseudo presidente llamando a una guerra civil. Y así salieron los Boinas Negras y la seguridad del Estado, muchos disfrazados de civil y armados de palos y pistolas a reprimir a un pueblo desarmado. El mundo pudo presenciar la cobarde represión, varios muertos, cientos de heridos y desaparecidos y más de 700 encarcelados. Paralelamente, cortaron el internet en toda la isla, así como la electricidad en muchos pueblos, para impedir más reportajes de la brutal represión.
El pueblo cubano continúa siendo víctima de uno de los regímenes más opresivos del siglo 20 y, en estos momentos, el más longevo. La violación sistemática en Cuba de cada uno de los derechos reconocidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ha sido fielmente documentada por numerosas y prestigiosas organizaciones independientes de derechos humanos en el mundo.
El elemento esencial de la tragedia del pueblo de Cuba no es el conflicto con Estados Unidos ni la vieja excusa de un bloqueo que no existe, sino la lucha de millones de seres humanos que defienden su dignidad y reclaman los inalienables derechos políticos, económicos y civiles que les ha arrebatado. Resulta más que evidente que, a pesar de las deplorables condiciones del pueblo, la asfixiante carencia de libertad y los repetidos llamados de la comunidad internacional a favor de un cambio a la democracia, los líderes del régimen rehúsan el cambio por temor a perder el poder. Así y todo, a pesar de la despiadada represión, el hecho crítico que se deriva de la revuelta del 11 de julio es el sentido de poder que ha experimentado la multitud enardecida a nivel nacional y que ha llevado a la población a perder el miedo, y cuando los pueblos pierden el miedo, los días de las tiranías están contados.
El autor es profesor de relaciones internacionales

