Puede parecer inviable que un evento deportivo como los Juegos Olímpicos estén a punto de realizarse en una ciudad cuyo Gobierno se declaró hace un mes en quiebra y en “estado de calamidad pública”.
A 11 días de que se inicie la trigésimo primera edición del certamen en Río de Janeiro, el panorama en Brasil dista mucho de aquel que vivía el país en 2009, cuando se ganó el derecho de organizarlos.
La presidenta Dilma Rousseff fue separada de su cargo para un juicio político por supuesta corrupción; por la misma razón ahora investigan a varios ministros del presidente interino Michel Temer; y los hombres más influyentes en el mundo de los negocios están detrás de las rejas. Para cuando finalice 2016, la economía del país habrá registrado dos años consecutivos de profunda recesión; el desempleo se ubicó en mayo en 11.2%; y, otra vez, varias obras para el certamen se terminan a paso rápido y a contrarreloj.
Recientemente, un estudio de la Escuela de Negocios Said de la Universidad de Oxford agregó otro condimento al caldo de preocupaciones: los juegos olímpicos saldrían un 51% más ($1,600 millones) que lo presupuestado. Al final, terminarían costando unos $4 mil 600 millones.
Bent Flyvbjerg, profesor que lideró la publicación, dijo a Bloomberg que “los sobrecostos se dan en un momento en que el país enfrenta su peor crisis económica y política desde la década de 1930”.
El estudio, que analizó los juegos olímpicos de verano desde Roma 1960, concluye que ser sede supone el megaproyecto más costoso y financieramente más riesgoso que puede emprender una ciudad y que el sobrecosto promedio es de 156% en términos reales y que ninguna edición cumplió con el presupuesto.
Agrega que “los gobiernos anfitriones y el Comité Olímpico Internacional no han sido transparentes en cuanto al verdadero costo y al sobrecosto de los juegos”.
El Gobierno de Brasil tuvo que inyectar $900 millones a la gobernación de Río de Janeiro para que pudiera solventar la grave crisis financiera que atraviesa ese estado y costear los salarios de policías y bomberos.
La contaminación de las aguas de la laguna Rodrigo de Freitas, donde se disputarán las pruebas de remo y piragüismo, y las de la bahía de Guanabara, donde se celebrarán las regatas de vela, tienen en vilo a las federaciones internacionales que participarán.
Buitres sobrevolando las aguas fétidas de la laguna de Tijuca, que rodea las instalaciones olímpicas y donde desembocan aguas fecales y todo tipo de basuras, no lanzan una señal de confianza.
La seguridad es otro tema que preocupa, ya que los asesinatos en Río de Janeiro aumentaron un 15% en el primer trimestre del año frente al mismo período de 2015.
Para garantizar la seguridad del medio millón de visitantes que se espera lleguen a la ciudad y la de las 200 delegaciones olímpicas, el Gobierno puso a disposición unos 85 mil hombres entre militares, policías y la Fuerza Nacional de Seguridad. Un despliegue inédito.
años de protestas
Un abucheo generalizado hirvió en las tribunas del estadio Arena de Sao Paulo y desdibujó la sonrisa de la presidenta Dilma Rousseff. Absorbió el estruendo con su mano izquierda en el mentón, preocupada. El anfitrión Brasil y Croacia estaban por disputar el primer juego del Mundial de fútbol de 2014. Fue la primera vez en la historia del evento que el mandatario del país organizador no dio su discurso de inauguración.
La misma situación se había dado un año antes en la apertura de la Copa Confederaciones, que también se jugó en Brasil: el país donde el fútbol es religión los fieles ya no le rezaban a su santo; rezaban por inversiones en el transporte público, en la educación y la salud. Pero primó el compromiso que adquirió el Gobierno con la FIFA en 2007 para organizar el Mundial, y se terminaron invirtiendo $11 mil millones para celebrar un certamen deportivo de un mes.
Cientos de miles de personas se manifestaron durante meses en distintas ciudades de Brasil. Varias de las protestas se tornaron en enfrentamientos violentos con la Policía. Las obras para el Mundial estaban atrasadas. Joseph Blatter, por entonces presidente de la FIFA, criticó al país anfitrión por las demoras.
Así y todo, tensión o no, necesidades o no, atrasos o no, el evento se celebró como lo quiso el ente regulador del deporte, cuyos altos ejecutivos serían acusados de corrupción meses después.
