A orillas del punto más ancho del poderoso río Chucunaque suenan los tambores afrodescendientes.
Suenan en una población de la selva, donde acaba la carretera que, desde Canadá, recorre las curvas americanas.
En este jardín de la república vuelan polleras y los pies abrazan la tierra al bailar mientras repica el tambor ancestral.
Jóvenes darienitas integrantes del conjunto folclórico Olga María Gálvez, de La Palma, tocan el tambor liberador de los ancestros.
En el puerto de Yaviza, puerta del río Chucunaque, un caudal de plátanos verdes es descargado a diario.
Quedan algunas ruinas del Fuerte San Jerónimo, bastión de la catequización jesuita, lugar de cañones, asedios y conquistadores.
El bullerengue no solo vive en el cuero de los tambores y en el vaivén de las polleras. También reside en los testimonios.
Los golpes del bullerengue evocan una época de sufrimiento en el rostro de la cantalante del grupo Naymi Saranya.
Bailan en la calle, en cualquier esquina oscura, haciendo rueda, al son del bullerengue en la noche yavizana.
En este jardín de la república vuelan polleras y los pies abrazan la tierra al bailar mientras repica el tambor ancestral.
Jóvenes darienitas integrantes del conjunto folclórico Olga María Gálvez, de La Palma, tocan el tambor liberador de los ancestros.
En el puerto de Yaviza, puerta del río Chucunaque, un caudal de plátanos verdes es descargado a diario.
Quedan algunas ruinas del Fuerte San Jerónimo, bastión de la catequización jesuita, lugar de cañones, asedios y conquistadores.
El bullerengue no solo vive en el cuero de los tambores y en el vaivén de las polleras. También reside en los testimonios.
Los golpes del bullerengue evocan una época de sufrimiento en el rostro de la cantalante del grupo Naymi Saranya.
Bailan en la calle, en cualquier esquina oscura, haciendo rueda, al son del bullerengue en la noche yavizana.
En este jardín de la república vuelan polleras y los pies abrazan la tierra al bailar mientras repica el tambor ancestral.Esta es Yaviza, la que fuera cabecera de provincia, una villa que es tan interoceánica como el Canal.
Un lugar en el que grupos folclóricos de varios pueblos se dan cita para demostrar que la raíz sigue viva.
Los ritmos del Darién guardan la memoria histórica de un tiempo de colonia, de esclavitud y cimarronaje.
Sobreviven los cantos de un tiempo pasado del que poco ha cambiado.
Yaviza se debate entre la pobreza moderna y la riqueza ancestral: entre el olvido de las políticas públicas y el resguardo de la naturaleza.
Es aquel lugar, que parece lejano, pero que al conocerlo se siente cercano. Mucho más por su profunda conexión a nuestras raíces.
Se convive y se sobrevive. Los yavizanos no olvidan, los niños aprenden. Yaviza es la flor del tambor.