Celebran a Panamá en las calles de Nueva York

Celebran a Panamá en las calles de Nueva York
Celebran a Panamá en las calles de Nueva York

Quizás fue oportuno que lloviera el día en que las calles de Brooklyn, Nueva York, acogieron la vigésima primera versión del Panamanian Day Parade. Oportuno, porque en el istmo la lluvia cae siempre y más de una banda musical ha tenido que jugárselas para terminar el recorrido del 3 de noviembre bajo un aguacero. Lo de Brooklyn ayer fue tan solo un bajareque: nada que asustara ni a la percusión ni mucho menos a las batuteras, que entaconadas y coquetas, no perdieron la sonrisa.

Con las calles de la avenida Franklin cercadas desde temprano, el desfile arrancó casi a las 12:00 m. Allí, con sus sillas bien posicionadas, panameños de todo Estados Unidos encontraron distintas formas de mostrar su orgullo. Había suéteres de la selección nacional de fútbol, banderas de todos los tamaños, gorras, pañuelos, viseras, sombreros pintados, polleras, camisillas y diseños gunas.

Cada banda, con su particular propuesta, arrancaba de los presentes una reacción. Un grito de emoción que se salía de los cuerpos al unísono cuando las primeras notas revelaban que lo que seguía era El tambor de la alegría o alguna otra canción tan propia como esa.

Para las personalidades de la tarima, a la que cada delegación llegaba al final del recorrido, se reservaba lo mejor: los tenores elevados en el aire en coordinados movimientos, las más pulidas canciones en las liras y los trucos musicales que hacen que el público se emocione. Allí, Francisco Small, precursor de La vereda afroantillana, el cantante Willie Panamá, monseñor José Domingo Ulloa y Juan Carlos Díaz Atencio, cónsul de Panamá en Nueva York, fueron algunos de los que, privilegiados, tuvieron los mejores asientos del lugar.

Los aromas provenientes de fondas improvisadas al costado de la calle prometían un recuerdo comestible: arroz con coco y guandú, pescado frito, yuca al mojo y ensalada de feria. El sancocho se tomó en vaso y quedaron sin saciarse las ganas de un hojaldre o una tortilla recién frita.

Desde el público, un hombre de barba canosa me pregunta si somos compatriotas. Y como lo somos, pronto la conversación gira a los lugares que nos unen. Él dejó la patria en la década de 1960, años antes de que yo hubiese nacido, pero ahora –en una tierra tan diferente– un panameño que encuentra a otro siempre tendrá algo de que hablar.


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