El ultraconservador Eduardo Cunha, con reputación de maquiavelo, era hasta hace un año la tercera figura del Estado brasileño. Pero con su poder evaporado, y entre rejas desde octubre, fue condenado ayer a 15 años y 4 meses de cárcel por corrupción.
El expresidente de la Cámara de Diputados, de 58 años, recibió la condena de manos del implacable juez Sergio Moro, de Curitiba (sur), a cargo de la operación Lava Jato que investiga el desvío de miles de millones de dólares de la estatal Petrobras.
Cunha fue condenado por corrupción, lavado de dinero y evasión fraudulenta de divisas.
Presidente de la Cámara de Diputados entre febrero de 2015 y julio de 2016, cuando renunció ya en el ocaso de su poder, Cunha navegó hábilmente para apuntarse victorias.
Fue quien abrió la puerta a finales de 2015 al juicio político contra la presidenta de izquierda Dilma Rousseff, separada de su cargo en mayo y destituida definitivamente el 31 de agosto de 2016, bajo cargos de manipulación de las cuentas públicas.
Rousseff fue sustituida por su vicepresidente, Michel Temer, del partido de centroderecha PMDB, el mismo de Cunha. Mas su apogeo fue efímero. Ya en mayo, la justicia había suspendido su mandato.
Pero uno de los golpes más duros le llegó en septiembre, cuando sus propios pares lo destituyeron como diputado por abrumadora mayoría. ¿La razón? “Falta de decoro parlamentario”, por haber mentido sobre la titularidad de cuentas bancarias en Suiza, hacia donde supuestamente desvió fondos de la trama de Petrobras.
“Es el precio que estoy pagando para que Brasil quede libre del PT [Partido de los Trabajadores]. Me están cobrando el precio del juicio político que acepté y que nadie más estaba en condiciones de hacer en ese momento”, afirmó, después de recordar a sus colegas que al menos 160 de ellos eran investigados por la justicia. Cunha llegó a ser el único político brasileño con fueros en ser juzgado por el Supremo Tribunal Federal (STF) en el marco del megafraude a Petrobras, por corrupción y lavado de dinero.
Su figura se convirtió en una de las caras de la corrupción que gangrena al Estado en Brasil. Y su supervivencia fue atribuida a su capacidad de maniobra.
Pero al fervoroso evangélico le molestaba que lo compararan con el inescrupuloso protagonista de de la serie House of Cards, que cuenta las tramas oscuras políticas de Washington. Replicaba: Frank Underwood “es ladrón, homosexual y asesino. Yo no”.
Rousseff acusó a Temer y a Cunha de ser los “dos jefes del golpe” en el que a su juicio consistió su destitución.
Aunque Cunha desapareció pronto del nuevo mapa político, una situación que ya entreveía en 2015: “Si derribo a Dilma, al día siguiente ustedes me derriban a mí”, afirmó. Cunha llegó a la presidencia de la Cámara tras ganarle una pulseada a un candidato apoyado por Rousseff.
