Serena, trabajadora, de mirada profunda y sonrisa que apenas acaricia sus labios, la mujer ngäbe buglé parece hablar con el silencio milenario que arrastra.
Su tez cobriza y su larga cabellera color azabache son el mejor contraste para que brillen las tonalidades de sus naguas multicolores, un vestido tradicional que el modernismo no ha podido arrebatarles.
Casi siempre de pie, o en cuclillas, día tras día desafía el destino que parece no darle oportunidades a ella ni a los suyos, cobijados siempre bajo el verdor de las montañas que, bajo el cielo azul, les sirven de refugio.
Desde muy temprano otea el horizonte que le proporciona el escenario para llevar esa vida conformista, que en algunos casos le ha impuesto la sociedad, que en los centros urbanos la relega a las labores domésticas, pues para ella aparentemente no hay más espacio.
“Solo de empleadas domésticas nos quieren”, dice con cierta molestia en sus palabras Carmen Pérez Bejerano, una de ellas.
Pero, pese a esa realidad, la mujer ngäbe continúa aportando para que la casi nada en la que viven se convierta en prosperidad.
Muchas persisten en que sus hijos se eduquen para que tengan un mejor futuro, pero siempre apegados a sus costumbres y tradiciones.
Creyentes en Dios como único motor de vida, una gran mayoría de ellas encuentra sosiego en la religión que practican, la de Mama Tatda.
“Dios, Jesús, María y los ángeles sustentan nuestras vidas. Con ellos en el pensamiento y en el corazón seguimos andando”, comenta Carmen, mientras camina montaña adentro.













