La presión internacional creció ayer jueves sobre Birmania ante la degradación de la situación humanitaria en Bangladés, donde llegaron cerca de 390 mil miembros de la minoría musulmana rohinyá que huían de la violencia en el oeste birmano.
La “persecución” del Ejército birmano contra los rohinyás es “inaceptable”, declaró ayer el secretario de Estado estadounidense, Rex Tillerson, en Londres. “Muchos la han descrito como limpieza étnica”, dijo durante una rueda de prensa con su homólogo británico, Boris Johnson.
El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, se sumó a las críticas. “Lo que ocurre en Birmania es una catástrofe indignante (...) porque, una vez más, se intenta erradicar a etnias enteras”.
El Parlamento Europeo adoptó por su parte una resolución en la que pidió al Ejército birmano que “cesara inmediatamente” sus ataques contra los rohinyás que, según los relatos de refugiados en Bangladés, sufrieron masacres, incendios, torturas y violaciones colectivas por parte de los militares.
Tillerson dijo entender, por su parte, “la situación compleja en la que se encuentra” Aung San Suu Kyi ante el poderoso Ejército birmano. La premio Nobel de la Paz, que dirige Birmania desde abril de 2016, a raíz de las primeras elecciones libres celebradas en su país en más de dos décadas, prometió romper su silencio el martes con un discurso.
Frente a la magnitud del éxodo de los rohinyás, la Organización de Naciones Unidas ya no duda en hablar de “limpieza étnica”, y el miércoles el Consejo de Seguridad reclamó a Birmania que tomara medidas “inmediatas” para acabar con la “violencia excesiva” en el estado de Rakáin, fronterizo con Bangladés.
La oenegé Amnistía Internacional también denunció ayer una limpieza étnica “sistemática”, en un informe que se basa en nuevas imágenes por satélite de Rakáin. Al menos 26 aldeas han sido quemadas totalmente, según la organización, que muestra en el informe manchas grises de ceniza donde antes había casas.
