La exmandataria argentina Cristina Fernández medirá fuerzas el próximo domingo con las listas oficialistas del presidente Mauricio Macri en las primarias obligatorias, una elección sin vencedores ni vencidos que solo confirmará las candidaturas a las legislativas del 22 de octubre.
Kirchner, de 64 años y quien gobernó entre 2007 y 2015, es precandidata al Senado por un minúsculo partido de centroizquierda que acaba de fundar. Su poder electoral está en la provincia de Buenos Aires, distrito clave con casi el 40% del padrón de 34 millones de votantes.
“La expresidenta trata de mostrarse como el único ‘límite’ a Macri, sin cambiar el tono de su campaña moderada”, señaló el politólogo y consultor Rosendo Fraga.
Las primarias argentinas son una extravagancia. No se compite. Las candidaturas para renovar el Congreso ya están decididas por cada partido. Macri, de hecho, se somete a examen electoral. Es la primera vez desde que asumió hace 21 meses y en mitad del mandato.
“Si bien las primarias no tienen efecto institucional, su mayor consecuencia será simbólica. Macri busca acumular fuerzas para asegurar gobernabilidad y la oposición una señal al gobierno de que está haciendo mal las cosas”, dijo el sociólogo y consultor Ricardo Rouvier.
El Congreso argentino está controlado por una mayoría opositora, dominado por el kirchnerista Frente para la Victoria y aliados (36 senadores y 72 diputados), además de minorías de bloques progresistas y justicialistas. El interbloque oficialista Cambiemos, con 17 senadores y 87 diputados, ha logrado imponer leyes y reformas reclamadas por Macri gracias a votos divididos de bloques peronistas.
Macri encabezó esta campaña para apoyar a sus candidatos y argumentar que se trata de una elección entre su modelo de apertura económica o “volver al pasado”, como dice sobre la opción de Kirchner, que propone mayor proteccionismo estatal. Macri es el primer político argentino de derecha que llegó al poder por los votos y rompió la hegemonía de gobiernos peronistas o radicales socialdemócratas.
