Michel Temer, exvicepresidente de Dilma Rousseff y artífice de su salida, tomó juramento como el nuevo mandatario de Brasil, solo unas horas después de que la líder del Partido de los Trabajadores fuera depuesta por el Senado por violar las leyes fiscales en su administración del presupuesto federal.
Temer asumió en el mismo recinto que sirvió de cadalso para el mandato de Rousseff, acompañado por líderes de ambas cámaras del Congreso, así como por sus ministros. No hizo declaraciones en ese momento, pero en su primera reunión de Gabinete tras asumir dijo: “Hoy inauguramos una nueva era de dos años y cuatro meses. Tenemos que salir de aquí con un aplauso del pueblo brasileño”.
El político, de 75 años, fungía como presidente interino desde mayo pasado, cuando el Senado inició el proceso de juicio político y suspendió a Rousseff del cargo.
Temer (PMDB, de centro-derecha) juramentó horas antes de viajar a China para la cumbre del G20, actividad que estaba prevista en su agenda.
La celebración podría durarle poco. Con el desempleo en niveles récord (más de 11 millones de personas), una elevada inflación y un gigantesco déficit fiscal, la economía se contraerá 3.16% en 2016, según datos revelados ayer por el banco central, que revisó al alza sus previsiones.
Desde que asumió la presidencia de manera interina, Temer armó un gobierno pensando que Dilma sería destituida. Su Gabinete no tiene mujeres y está conformado por hombres blancos y conservadores, pero tiene el aval del mercado y, de momento, del Congreso, que ya aprobó la revisión de la meta fiscal –170 mil 500 millones de reales (unos $52 mil 500 millones al cambio actual) en 2016–. Ahora deberá probar sus artes de negociador para hacer aprobar el ajuste fiscal que fue rechazado cuando Rousseff lo presentó.
El nombre de Temer no escapó a las revelaciones de corrupción en Petrobras, en declaraciones hechas por acusados que buscan reducir sus condenas. Él niega cualquier vinculación y la justicia nunca ha presentado cargos en su contra. También afronta una investigación del Tribunal Superior Electoral sobre presunta financiación ilegal durante la campaña, que alcanza a la fórmula que integró con Rousseff. De ser hallados culpables, la victoria de 2014 sería anulada y habría que escoger un nuevo presidente. Si pasara este año, el presidente de la Cámara asumiría el poder y convocaría a elecciones. Si ocurriera en los últimos dos años de mandato, el Congreso deberá escoger al presidente de forma indirecta.
Temer también necesitará de gran habilidad para hacer alianzas en el fragmentado parlamento, mientras carga con la sombra de “usurpador”.
En sus primeras semanas de gobierno, tres de sus ministros dimitieron por verse ligados al escándalo de Petrobras. Tampoco caló su discurso de unidad nacional en una parte de la población que cuestiona su legitimidad, y lo demostró abucheándole en la apertura de los juegos olímpicos.
Temer, un afamado abogado constitucionalista, fue tres veces presidente de la Cámara de Diputados en sus seis mandatos como legislador.
