En la Reserva del Mamoní

En Las Margaritas de Chepo abandonamos la Interamericana para una travesía en 4x4, de cerca de una hora, hasta la comunidad rural de San José de Madroño. Luego atravesamos lo que era un potrero, hoy día reforestado con miles de plantones de árboles nativos. El camino terminó en las instalaciones de la Reserva del Valle del Mamoní, dirigido por Earthtrain.

El área estaba tupida de plantas tropicales con variedad de aves y mariposas. Las cabañas son de dos pisos, semiabiertas, de madera, zinc y pencas de palma guágara, con ducha de agua caliente y sanitario. Las camas son inflables, colocadas dentro de tiendas de campaña que sirven de mosquitero. Un jorón enorme alberga el comedor, cocina y centro de mando. Todo iluminado por hidroelectricidad producida por una quebrada que bordea las instalaciones.

Allí conocimos al estadounidense Nathan Gray, uno de los artífices de la operación, un tipo alto, flaco y amable.

Al rato llegó el joven Raúl, un guía emberá que venía de un recorrido con dos chicos alemanes. Los alemanes vinieron por seis meses para crear un mapa del lugar. Esa noche, ellos se encargaron de la cena: espagueti a la boloñesa, ensalada verde y una lasaña de ñapa. A la cena se sumaron dos chicas canadienses que viven en Panamá temporalmente; una tiene una compañía que se dedica a rescatar madera de ríos y lagos.

El trekking de la mañana siguiente fue fuerte, pero rico. Nuestro guía era Gabriel, un señor robusto, bajo de estatura y con un gran sombrero de cuero. Gran conocedor de la montaña.

Durante el recorrido nos encontramos con un capacho anidando en el suelo, heliconias, guate de montaña, una banda de monos tití, hormigas bala, una rana que parecía piedra, labios ardientes, huellas del majestuoso oso caballo, árboles enormes, guaba, fincas, deforestación, reforestación, un montón de saltamontes, arañas, olla de mono, hermosas mariposas azules y, de premio, una refrescante cascada, luego de cinco horas de caminata.

Llegamos a la comunidad de La Zahína, donde parte del grupo siguió en una aventura de kayaks, río abajo, con Raúl.

Luego de una noche estrellada, con aguacerito de madrugada, el sol iluminaba el rocío y con café en mano empezó el nuevo día.

Mientras se preparaba el desayuno, salí en un recorrido solitario por un pequeño sendero. Fue mágico, un enorme colibrí se me acercó y estático en el aire me observaba, por un segundo pensé que me traía noticias del más allá. Más adelante, un pequeño grupo de insectos le sacaba el jugo a lo que parecía ser una caña agria juvenil. Abajo, dos avispas parecían estar desayunando saltamontes. Había numerosos nidos de tarántulas. En eso, un llovizna me mandó de vuelta al comedor. El desayuno duró toda la mañana hasta convertirse en sancocho al mediodía. Ya en el viaje de retorno, la lluvia se detuvo y le abrió espacio a una tarde espectacular.

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