Un amigo me hizo esta pregunta: ¿cómo se pasa una ley-camarón? Por supuesto que era en referencia a la última gesta de los diputados, que aprobaron derogar una ley que amparaba una concesión portuaria en la entrada sur del Canal, dentro de un proyecto de ley sobre la venta de bebidas alcohólicas en zonas residenciales. Al analizarlo, uno concluye que lo del diputado Roberto Ayala (PRD) no era un simple camarón. Este legislador introdujo hábilmente una langosta con todo y tenazas. O, dicho en términos futbolísticos, pateó un gol, en chilena, desde la portería contraria.
Pero lo asombroso no fue el crustáceo -o el golazo-, sino la sordera y la ceguera que reina en la Asamblea. Si este Pelé legislativo hubiese solicitado introducir un artículo nuevo para derogar la Ley 11 de 1983, sus colegas, de un manotazo colectivo, habrían echado abajo el Código Electoral para luego ir corriendo, muy sonrientes, a sacarse la foto de rigor con la presidenta de la Asamblea, Yanibel Ábrego, que parecía disfrutar de una siesta cuando el secretario general, Franz Wever, leía en un extraño lenguaje de su propia invención un artículo nuevo, que borraba del mapa nada menos que un puerto de contenedores, con millones de dólares en inversión.
La noticia ha debido viajar como bólido a Singapur, de donde es el capital del puerto que hundieron los diputados. La imagen de una banana amarilla y marchita debió cruzar por la mente de los ejecutivos de la terminal en aquel país. Sí, nuestro escudo nacional reducido a un guineo. Y su cáscara la pisaron todos los diputados por igual.
Pero, al día siguiente, salieron a rasgarse saco, corbata y camisa, exigiendo explicaciones y una investigación… ¡contra Ayala!, como si ninguno hubiese dado el mortal manotazo en la curul. Miren, señores diputados, esta no es una historia de inocentes. Si Ayala es culpable de matar la vaca, ustedes son tan culpables como él por agarrarle la pata -a la vaca-. Y dado que ninguno se hace responsable de sus actos, lo más seguro es que Ayala sea tan “inocente” como ustedes pretenden serlo ahora.
Puede que alguno culpe a Wever porque no entiende su dialecto. Pero lo que pasó allí no sirve para película de ficción, porque nadie se cree un cuento semejante; ni para comedia, porque es que dan ganas de llorar; y tampoco para drama, porque esos bufones también nos dan risa. Ni siquiera sirve para un programa de cocina, porque con tanto camarón dormido en el pleno, Ayala se los lleva… a Bosnia.
Así que duerma tranquilo, señor Ayala, y vea si un sueño le da la fórmula para derogar el artículo 147 de la Constitución. Ya probó que cuenta con el ciego apoyo de sus colegas. Pero si lograra el milagro, no dude que contará con nuestro irrestricto apoyo.