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Sábado picante

La verdad es que Martinelli aburre. Quizás al principio fueron divertidas sus contradicciones, sus cuentos chinos y sus malcriadeces, pero ya no es tan gracioso, y no por falta de gracia, sino por lo gastadas que están. Su guion para evitar el juicio es tan viejo, raído y usado que parece haberlo escrito la reina de los memesaurios. Pero como no consiguió su propósito, ahora ha adoptado la actitud del chiquillo que no le importa lo que pasa en derredor. Ese aire de poco importa lo agradecemos no por original, sino porque guarda silencio y compostura.

Lamentablemente para él, son libros lo que lo entretiene, pues, como dijo al ser extraditado, su propósito era ver los juegos de la Sele. Y seguramente desde casa o desde la habitación de un hospital privado. Pero los cálculos no fueron precisos. Tan mal iban las cosas que decidió hacer una huelga de hambre que tuvo una duración raquítica, pues su esposa dispuso su fin porque tenía que tomar sus píldoras. Así que pidió comprar una sopita para él el pasado lunes, después de la escenita del calzoncillo en El Renacer.

Y ya que nadie de su familia se digna a llevarle la comida, la labor fue cedida a agentes del SPI asignados al expresidente. Pero alguien más sensato cuestionó la orden y la canceló. ¿Quién ha dicho que es función del SPI pasear perritos, por más que sean de una viceministra o llevarle comida a un reo, por más expresidente que sea? Si lo que desea su familia es asegurarse de que nadie manipule su comida, que contrate a un catador de alimentos. Seguramente tiene personal –muy macho– dispuesto a correr el riesgo.

Y, volviendo al tema, gracias a la nueva actitud del poco importa, los panameños tenemos sosiego para aprender sobre el sistema penal acusatorio –al igual que lo hacen personas menos legas que nosotros en la sala de audiencias– y sacar nuestras propias conclusiones, tras escuchar a las partes y al juez de garantías. Comprendo que los defensores cobran por exculpar a su cliente, y comprendo el rol de los acusadores –que también cobran por sus servicios– en representación de las víctimas. Pero también entiendo las conclusiones del juez de garantías, magistrado Jerónimo Mejía.

Soobre eso, solo diré que ahora quiero conocer las pruebas que obran en contra del reo, esas que un juez de EU analizó para ordenar su extradición tras sopesar los alegatos de su defensa: que si no se podía aplicar el tratado de extradición, que si no había orden de detención válida, que si la inmunidad, que si se violó el debido proceso, etc. Justamente –al igual que el magistrado Mejía– el juez estadounidense consideró que esas alegaciones “no son convincentes” y que carecían de méritos. O sea, ¿dos jueces que nada los une, opinando lo mismo? ¡Ahora sí tengo curiosidad!


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