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Sábado picante

Varilleros. Yanibel Ábrego consiguió ser la reencarnación de Benjamín Colamarco y sus batalloneros. El incidente del fin de semana pasado revela lo que están dispuestos a hacer por la reelección. Los muy fieles seguidores de Ábrego asaltaron a un miembro del medio digital Clara Mente cuando trataba de documentar la entrega de lo que una de las beneficiadas dijo que eran bolsas de comida.

La turba varillera de la presidenta de la Asamblea, actual secretaria general de Cambio Democrático –el partido del puritano Rómulo Roux y del reo Ricardo Martinelli–, se abalanzó sobre el periodista porque sencillamente está consciente de que el manto de impunidad que arropa a su jefa se extiende a ella también. De Ábrego no salió, al menos públicamente, ni una reprimenda. Su deseo es que impere entre los actores políticos tolerancia y respeto. Quizás quiso decir que el reportero debió resistir estoicamente la maleantería del yanibelato.

No puedo imaginar más que celebración y felicitaciones porque Mauricio Valenzuela, el audaz infame que quería denunciar el clientelismo que reina en la política, recibió su merecido “por liso”. Pero la estupidez no es buena consejera. Lo que consiguió la turba y, especialmente su cerebro, es que nos demos cuenta de que los discursos no sirven para disfrazar hechos. Sus compromisos con un país democrático solo son una manga de embustes.

Nuestra democracia, esa por la que nos enfrentamos a los militares durante 20 años de dictadura, está manchada. Nuestros votos legitiman a cobardes y ladrones en cargos que ellos utilizan para enriquecerse o para hacer favores, y no todos necesariamente gratis. Irónicamente, la democracia los protege, la ley los hace inmunes y los votantes los defendemos como si fueran nuestros padres o hijos, incluso, como divinidades.

No soy muy optimista. Cada quinquenio veo más de lo mismo, aunque debo admitir que ahora hay algo de esperanza. Los ciudadanos hemos perdido el control del país, porque se los cedimos a gente sin capacidad, y encima de todo, corrupta, que promete lo que queremos oír y hace lo que prometió no hacer. Pero los panameños ya no sostenemos discusiones sobre sus propuestas, sino disputas por candidatos.

Los que corren por la libre postulación son una pequeña, pero brillante luz al final del túnel. Solo espero que si ganan no defrauden a sus electores. La historia de Ábrego como diputada se reduce a una palabra: engaño. Llegó a la Asamblea con el voto de quienes estaban hartos de los partidos políticos. Se proclamó independiente, pero ahora personifica ejemplarmente la decadencia, la purulencia de esos que despreció para llegar a la Asamblea. Se arrancó la careta que dejó ver su cara sin maquillaje: el rostro de la traición.


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