OPINIóN

Sábado picante

La vida en Panamá parece transcurrir de cinco en cinco años, de gobierno en gobierno. Muchos esperan que la entrada de un nuevo gobierno les cambie la vida. Esperan que su economía familiar mejore; que los nuevos gobernantes les den la oportunidad de tener una buena remuneración; de que las cosas mejoren para todos. Así, muchos se sientan a esperar a ver lo que hace, con los dedos en el teclado del celular para aplaudir, si hay algo para ellos, o para criticar, si no les conviene o no hay nada para ellos.

Así transcurren los cinco años, entre algunos aplausos y crecientes críticas. Quizás al principio, el nuevo gobierno goza de una carta en blanco para hacer y cumplir sus promesas. Pero al cabo del quinquenio, las críticas arrecian. Ya no hay tiempo para cumplir los compromisos. Entonces aparecen la desilusión, la desesperanza, la tristeza y el disgusto. No hay trabajo, la economía no mejoró porque no alcanzó a todo el mundo.

Si los habitantes de las comarcas creyeran que cerrar las calles (o caminos) solucionarían todas sus carencias, tendrían que irse a vivir en ellas. Pero, sabiendo que ni el crecimiento del país llega hasta ellos, como tampoco el Gobierno, deben resolver con esfuerzo propio, a pesar de su pobreza. No se sientan a llorar ni a esperar que alguien haga algo por ellos. Es obvio que tienen la esperanza de que algún gobierno se acuerde de ellos, pero no están con el teléfono en la mano para llorar por eso.

Nito Cortizo prometió mucho. Ignoro si podrá cumplir todo. Lo que tengo claro es que si quiero que la atención de la CSS mejore, algo tendré que hacer yo; si quiero que la educación se modernice, no puedo confiar en que eso lo harán los políticos; si quiero que no haya corrupción, sería un desquiciado si esa tarea se la dejo a ellos también. Si la justicia es un asco, no creo que haya más interesados en que eso continúe así que el político y el magistrado corrupto. Algo tendré que hacer yo si deseo cambios.

Si alguien cree que Cortizo puede hacer cambiar el semblante de este país, está equivocado. Él no puede solo. Tiene sus propias guerras dentro de su partido, porque, al igual que en todos, lo que hay en el PRD son humanos, con ambiciones unos, con codicias otros. Humanos, al fin y al cabo, entre quienes hay los que buscan que la economía gubernamental, secretamente, llene sus bolsillos.

Aprendamos de esa gente que en medio de su escasez, de carestías inimaginables, sigue luchando por lo que cree y quiere. Y aunque es poco lo que consiguen, pueden decir dignamente que no viven de la mendicidad instituida por los políticos. Esa solidaridad mal entendida que empieza a hacer pedazos la honestidad colectiva del panameño, desplazando el reproche de la conciencia por la ya popular pregunta “¿qué hay pa mí?”

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