Donald Trump y Hillary Clinton cruzaron afiladas pullas y brutales críticas el pasado jueves, la noche después de su último debate, y muchos de los acomodados asistentes le dieron la espalda al candidato republicano a mitad de su discurso y lo abuchearon.
Trump, que había provocado risotadas al inicio de su discurso, pareció perder al público cuando repitió una acusación sobre Clinton, provocando abucheos poco habituales en una velada que pretende recaudar dinero para niños desfavorecidos de Nueva York.
Pareció mantenerse en la línea al hablar sobre cómo “escuchar a Hillary hablando y hablando sin parar” le había hecho apreciar más a su antigua némesis Rosie O'Donnell. Pero aparentemente traspasó el límite al referirse a su rival como “corrupta” durante una diatriba sobre la investigación del FBI sobre su uso de un servidor privado de correo cuando era secretaria de Estado.
Clinton también hizo ataques personales, como una broma en la que dijo que la Estatua de la Libertad, para la mayoría de los estadounidenses, simboliza la esperanza para los inmigrantes. “Donald mira a la Estatua de la Libertad y ve un 5”, dijo Clinton. “Quizá un 5, si suelta la antorcha y la tablilla y se cambia el peinado”.
Trump y Clinton se sentaron a una silla de distancia, con el cardenal de Nueva York, Timothy Dolan, actuando como única separación. Dolan, una especie de pacificador temporal, describió un momento menos antagonista tras bambalinas después de que invitó a los dos candidatos a rezar.
“Después de la pequeña oración, Trump se volvió hacia la secretaria Clinton y le dijo ‘eres una mujer dura y talentosa’, y agregó que esta ha sido una buena experiencia”, dijo Dolan ayer en el programa Today de NBC.
