El presidente estadounidense, Donald Trump, prometió ayer lunes “programas fuertes” de control migratorio, mientras enfrenta una doble ofensiva judicial y política, y el descontento popular, contra su orden de prohibir la entrada a inmigrantes de países musulmanes.
De visita ayer en Florida (sureste) al comando militar encargado del Medio Oriente y la lucha contra el grupo yihadista Estado Islámico (Centcom), el presidente republicano prometió vencer el “terrorismo islámico radical” y no permitir “que eche raíces en nuestro país”.
“Necesitamos programas fuertes para que las personas que nos aman y quieren amar a nuestro país (...) se les permita entrar, pero no a quienes quieren destruirnos”, señaló Trump.
En un decreto del 27 de enero, el mandatario prohibió por 90 días el ingreso a Estados Unidos de ciudadanos de Irán, Irak, Libia, Somalia, Sudán, Siria y Yemen, y suspendió la llegada de refugiados.
La medida rápidamente provocó protestas en varias ciudades de Estados Unidos y el exterior, y sus críticos advierten que la prohibición podría perjudicar la cooperación antiterrorista, al promover la propaganda del Estado Islámico.
Pero el viernes un juez federal de Seattle, en el estado de Washington (noroeste), dejó en suspenso la implementación del decreto, una decisión mantenida el sábado por el tribunal federal de apelaciones del Noveno Circuito en San Francisco (California) y que abre una batalla legal para el joven gobierno Trump.
La Casa Blanca tenía hasta ayer para argumentar su respaldo de la medida ante el tribunal de San Francisco.
Contrapesos buscan el equilibrio
La suspensión por la justicia federal del decreto antiinmigración de Donald Trump, junto con la fuerte movilización de sus opositores, ilustra el vigor de los contrapoderes en Estados Unidos. Pero existe un debate sobre la capacidad de los poderes legislativo y judicial de frenar con eficacia a un presidente decidido a ejercer su autoridad como un director ejecutivo de una empresa y, desde la izquierda y la derecha, se teme una deriva autoritaria del hombre que, en 2016, afirmó ser “el único” que podía reformar el país.
