Aun cuando la ciudad había crecido alrededor de la bahía, pocas eran las actividades que se realizaban en estas áreas.
Desde la contaminación de la bahía de Panamá, la ciudad le dio la espalda a su mar. Atrás habían quedado los años de gozo y disfrute en la playa de Bella Vista o en la de San Francisco.
Hasta hace unos años, cuando volvió la vida a la costa metropolitana. Más allá de las rebuscas políticas y los contratos arreglados, las coimas y los secretos, la cinta costera se ha encargado de revivir y darle la cara al mar.
La cinta es para todos: para el que quiere un lugar para ejercitarse sin pagar, o para el que quiere pagar para estacionar su yate.
Aun cuando la ciudad había crecido alrededor de la bahía, pocas eran las actividades que se realizaban en estas áreas.
Las artes viven en la cinta costera. La música y la danza, por ejemplo, son dos actividades fáciles de disfrutar en el lugar.
Los parques permiten que el área se disfrute en familia, de cualquier tipo, incluyendo a los animales.
Durante las noches es frecuente ver a hombres y mujeres que juegan voleibol, fútbol, baloncesto. Lo que más abunda es gente corriendo.
Hombres y mujeres, niños o adultos, utilizan los espacios de la cinta para la actividad más sencilla e importante: conversar.
La cinta es para todos: para el que quiere un lugar para ejercitarse sin pagar, o para el que quiere pagar para estacionar su yate.
Aun cuando la ciudad había crecido alrededor de la bahía, pocas eran las actividades que se realizaban en estas áreas.
Las artes viven en la cinta costera. La música y la danza, por ejemplo, son dos actividades fáciles de disfrutar en el lugar.
Los parques permiten que el área se disfrute en familia, de cualquier tipo, incluyendo a los animales.
Durante las noches es frecuente ver a hombres y mujeres que juegan voleibol, fútbol, baloncesto. Lo que más abunda es gente corriendo.
Hombres y mujeres, niños o adultos, utilizan los espacios de la cinta para la actividad más sencilla e importante: conversar.
La cinta es para todos: para el que quiere un lugar para ejercitarse sin pagar, o para el que quiere pagar para estacionar su yate.
Aun cuando la ciudad había crecido alrededor de la bahía, pocas eran las actividades que se realizaban en estas áreas.
Por sus paseos transcurren deportistas, músicos, bailarines, profesionales, niños, animales, vendedores. Es un punto de encuentro con el agua salada como protagonista. La nueva tendencia fue difícil de revivir. Pero poco a poco la gente se animó y los jardines de la cinta son el hogar de un sinfín de actividades. La más importante es quizás la más sencilla: sentarse a conversar mirando hacia la inmensidad del Pacífico.
En los tiempos del malecón de la avenida Balboa, era apenas una acera para caminar, para transitar. Si acaso el parque Anayansi servía como refugio del ritmo voraz de la ciudad. Sin embargo, ahora es un espacio para conversar, para caminar, para vivir. Un espacio sin aire acondicionado ni tiendas por doquier.
Aun cuando la ciudad había crecido alrededor de la bahía, pocas eran las actividades que se realizaban en estas áreas.
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