En 1997, el politólogo y periodista Fareed Zakaria acuñó el término “democracia iliberal” para referirse a los sistemas políticos en los que, por vía electoral, una fuerza autocrática obtenía el poder y procedía a desmantelar las instituciones de control, tales como el Poder Judicial, la Autoridad Electoral y todas las necesarias para facilitar su permanencia en el gobierno, manteniendo las formas democráticas, pero en condiciones asimétricas.
América Latina funciona como un reloj suizo en materia de sincronicidad de los ciclos políticos. Tuvimos un siglo XIX de independencias, caudillos y guerras civiles. Un siglo XX de modernización económica, nacionalismos, dictaduras militares y democracias recortadas.
Ahora, el siglo XXI presenta un ciclo de intensos autoritarismos de derecha y de izquierda, que salvo Cuba insisten en vestirse como democracias.
Un pecado original
Al examinar el siglo XIX europeo o norteamericano, las lecciones históricas hablan solas, contando un relato de una lucha constante entre poderes que competían, unos para establecer y ampliar un Estado de derecho, y otros para mantener el status quo.
En América Latina, nuestras luchas fueron por el dominio del Estado y las facciones en disputa compartían en el fondo el mismo propósito, y salvo ocasionales excepciones como Justo Arosemena, ambas visiones terminaban en el caudillismo.
La guerra fría le pasó una costosísima factura a América Latina y no se acabó con la caída del muro de Berlín.
Desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, en Bogotá, hasta el golpe de Estado de 2009 y el fraude electoral de 2017 contra Manuel Zelaya en Honduras, hay poco espacio para el desarrollo de instituciones democráticas en la región.
Los regímenes populistas que llegan a salvarlo todo y a cambiarlo todo devienen, precisamente, en una crisis permanente del poder político, por lo que al final el Estado de derecho cede a la voluntad del mandamás y la democracia es solo un ejercicio electoral.
Una mezcla tóxica
Casi toda América Latina está bendecida con una enorme riqueza de recursos naturales. Esto favorece el extractivismo, la dominación de la economía por actividades de extracción y exportación de uno o varios recursos naturales de forma centralizada.
Esta exagerada dependencia económica facilita la formación de gobiernos dadivosos y el mantenimiento de una cultura clientelista.
Existe un grupo de países que forma parte de la cadena logística de la principal exportación latinoamericana, la cocaína. En ausencia de economías diversificadas, de una distribución equitativa de la riqueza y con una gran fragilidad institucional, los países latinoamericanos participamos del narcotráfico y sus ganancias se pagan en muertos, corrupción y crimen organizado.
En la última década del siglo, sólo Uruguay y Panamá han escapado de las grandes conmociones, protestas, y revueltas populares.
Chile tuvo que enfrentar una gigantesca rebelión disparada por un aumento del pasaje del Metro, Costa Rica enfrentó lo propio por una iniciativa de impuestos.
Ahora, Colombia sufre su peor levantamiento social en una generación. El gobierno de Iván Duque se quedó sin capacidad de gestionar una respuesta a la crisis, salvo el despacho de militares, que conllevó a la activación de paramilitares, para tranquilizar las calles.
Su gobernabilidad está en franca caída y, dado el vacío político existente, no hay con quién negociar una tregua, porque sólo los manifestantes se representan así mismos.
La democracia es algo pedestre, es decir, es un proceso que debe ser construido paso a paso y que se manifiesta en un progreso constante, quizás demasiado lento, para la sociedad. Por definición, las democracias son ineficientes, ya que solo se hace aquello que es posible consensuar, y que las normas e instituciones permitan realizar.
En cambio, un gobierno autocrático, ya fuera Chávez, Menem, Fujimori o Bukele, puede hacer las cosas más rápido, acosar a quienes tradicionalmente se les consideró como corruptos e impunes y, sobre todo, lo más importante, aparentemente pueden “distribuir” la riqueza más rápidamente.
Estas democracias iliberales tienen que hacer pactos faustianos con los militares, las transnacionales, los carteles de la droga o algún poder internacional que les provea de un respaldo concreto con el cual apuntalarse en el poder. Si se les logra sacar del gobierno, la república queda enferma, como lo atestiguan Argentina, Ecuador y Perú.
Los siguientes gobiernos al de la autocracia se han visto como débiles, incapaces, y mientras el balance del poder se reajusta, se manifiesta una multiplicidad de crisis y confrontaciones entre las instituciones del Estado de derecho. Esa debilidad e ineficiencia de las democracias pos-autoritarismo es el germen que alimenta el nuevo ciclo del populismo.
América Latina bien puede perder el siglo XXI. Cada vez somos menos importantes en la economía mundial y para los países del norte somos la fuente de graves problemas: corrupción, narcotráfico y migración irregular.
La gran agenda latinoamericana para rescatar a las democracias y, por ende, a nuestras naciones, tiene dos grandes tareas. Una de corto plazo, que es la de revolucionar la justicia para reducir la impunidad al mínimo y controlar todos los abusos de poder, público y privado, sin titubear.
Solo una justicia legítima le dará oxígeno a las democracias para poder cumplir con la siguiente tarea, la de largo plazo. La verdadera reforma de la economía latinoamericana empieza en las aulas de clases, continúa con los bancos y empresas financieras y avanza en los laboratorios y centros de investigación científica: tenemos que democratizar el capital, mejorando la educación y desarrollando nuevas actividades productivas, más rentables a partir de la innovación y el desarrollo tecnológico.
No hay curas milagrosas. Solo buenos gobiernos con ciudadanos responsables pueden cambiar el destino de esta región.

