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Análisis

Biden y los cambios en las relaciones exteriores

El gobierno de Biden tendrá a su favor la buena fe de los aliados tradicionales de Estados Unidos, las vacunas contra la Covid-19 y la promesa de la descarbonización de la economía estadounidense.

Biden y los cambios en las relaciones exteriores
La juramentación de Joe Biden será el 20 de enero de 2021. Tras tomar posesión, pronunciará un discurso en el que se prevé que detalle su visión para derrotar al nuevo coronavirus, reconstruir el país y unir a la ciudadanía. AFP

Desde la administración de Woodrow Wilson (1913-1921), el partido Demócrata ha sido un promotor del multilateralismo. Por esto, la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca es una buena noticia para la organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), al igual que para la Organización Mundial de la Salud (OMS) y para la Organización Mundial del Comercio (OMC), entre otras.

El gobierno del presidente saliente Donald Trump ha debilitado a la OTAN en su trato hacia Rusia, retiró a Estados Unidos de la OMS por supuestas influencias de China y paralizó a la OMC al impedir que su órgano de solución de controversias siguiera funcionando, lo que la hace un organismo inoperante.

El voto joven que respaldó a Biden y que es vital para la preservación de su gobierno, está marcado por muchos grandes temas, pero en particular uno, el cambio climático, el que es además, en el que Biden pretende dejar su mayor marca. Esto no solo incluye la reincorporación de Estados Unidos al Acuerdo de París sobre Cambio Climático, sino también la adopción de medidas de políticas públicas que van a acelerar la descarbonización de la economía, y la promoción de actividades verdes como salida a la crisis económica causada por la pandemia de la Covid-19.

Los analistas de la política exterior de Estados Unidos prestan especial atención a los desafíos de cuatro países: China, Rusia, Irán y Corea del Norte. En el caso de China, tanto demócratas como republicanos han marcado un profundo cuestionamiento a la expansión militar del país asiático, con la construcción de islas artificiales en aguas en disputa para reclamar una mayor soberanía , el cada vez mayor control chino sobre Hong Kong, las amenazas contra Taiwán y el mayor dominio de este país en empresas de alta tecnología. Para los demócratas en particular, los temas de los derechos humanos y la persecución de las minorías en China son parte de sus preocupaciones en política exterior. Sin embargo, Biden es de la escuela de pensamiento que el comercio entre países puede más que las amenazas y sanciones para procurar cambios. Esta es la diferencia clave con la administración Trump en la política hacia China.

Biden necesita una mejor relación con China para influir sobre otro país de la lista, Corea del Norte. Toda solución a la amenaza nuclear norcoreana pasa por el gigante asiático. Con el inminente desarrollo de misiles intercontinentales norcoreanos con capacidad para llevar una ojiva nuclear, China es esencial para reducir esta amenaza.

En lo referente a Rusia, el gobierno del cual Biden fue vicepresidente le impuso a Vladimir Putin importantes sanciones por una variedad de temas geopolíticos que incluyeron desde la anexión de Crimea, hasta las colaboraciones militares con gobiernos controversiales para los intereses occidentales. Durante la administración de Trump, el gobierno de Putin ha aumentado su influencia sobre Europa Oriental, Siria y Turquía. Aunque Estados Unidos ya no cuenta con el poderío económico y la influencia política para revertir la zona de influencia rusa, sí puede promover un mayor control internacional de los movimientos de capitales y las transferencias en tecnologías militares rusas. Además, la adopción masiva de nuevas tecnologías en el tema energético puede debilitar la economía rusa que depende excesivamente de los ingresos por el petróleo, el gas natural y el carbón.

En cuanto a Irán, la escalada de confrontaciones directas e indirectas de la administración Trump hacia este país, junto a aliados como Arabia Saudita e Israel, han ganado mucho terreno geopolítico, que el gobierno de Biden tratará de capitalizar reactivando el acuerdo nuclear con Irán y otros mecanismos comerciales y diplomáticos, para mantener a la república islámica en terreno seguro y evitar en lo posible que se desarrolle una carrera armamentista con ojivas nucleares en el Medio Oriente.

El horizonte hemisférico

La relación de Estados Unidos con América Latina y el Caribe durante la administración Trump ha tenido tres grandes temas: migración, Cuba y Venezuela.

En materia de migración, en el primer gobierno del demócrata Obama se dieron casi el doble de deportaciones que en el gobierno de Trump; sin embargo, los cambios institucionales, el colocar niños en jaulas (compradas, pero no usadas por la administración Obama), y el rechazo de plano a cientos de miles de casos migratorios, marcó una gran diferencia. No es probable que Estados Unidos vuelva a una política de complacencia migratoria, aunque Biden ha prometido restaurar tratos especiales para nicaragüenses y venezolanos, y humanizar sus políticas migratorias.

Lo avanzado por la administración Obama en materia de relaciones diplomáticas con Cuba fue desmantelado por Trump. Tampoco ayudó a la causa el misterioso incidente de funcionarios estadounidenses que fueron afectados por el llamado “Síndrome de la Habana”, con el cual muchos diplomáticos quedaron con vértigos, pérdida de la memoria y otros malestares, producto de una fuente desconocida que los afectó durante su servicio en la capital cubana. La renovación de relaciones con Cuba cumple con otros intereses de Estados Unidos en la región, ya que puede facilitar los contactos con Venezuela. Además, un aumento de la inversión y del turismo estadounidense en la isla puede ser visto como un contrapeso a la influencia rusa.

El caso venezolano ha dominado la agenda interamericana. La Organización de Estados Americanos (OEA), la Cumbre Hemisférica y mecanismos como el Foro de Lima, han tenido a la crisis de Venezuela como su gran preocupación. La presidencia paralela de Juan Guaidó y la intensificación de las sanciones de Estados Unidos a Caracas, como instrumentos de la política exterior norteamericana, están urgidos de una revisión. Venezuela es hoy el escenario de una crisis humanitaria, pero también es una cabeza de playa para Irán, China y Rusia, en la región. Se debe recordar que Obama estrechó la mano de Raúl Castro e intercambió opiniones con Nicolás Maduro en la Cumbre de las Américas, celebrada en Panamá, en 2015. Mientras que Trump le bajó el nivel a esa cumbre, evitando participar en la que le correspondía.

Los mecanismos de cooperación regional como la OEA y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), han salido debilitados del gobierno de Trump. El BID, por primera vez desde su creación en 1959, tiene un presidente ejecutivo de nacionalidad estadounidense, Mauricio J. Claver-Carone, perteneciente al círculo cero de la actual Casa Blanca. Esto rompió con una venerable tradición continental y ha dividido a Latinoamérica.

A su vez, importantes cuestiones de la gobernanza regional, como el combate al narcotráfico, la lucha contra la corrupción y la gestión ambiental, quedaron postergadas en la administración Trump.

Curiosamente, los países de la región que pueden esperar un cambio más drástico en su relación hacia Estados Unidos lo enfrentarán por su rol en esas otras agendas. Por ejemplo, es previsible que el gobierno demócrata de Biden presione a Brasil por el tema de los incendios, la deforestación y la degradación de la amazonía y el pantanal, además por el desplazamiento y persecución hacia los pueblos indígenas. Por su parte, Jair Bolsonaro le ha bajado la velocidad a los esfuerzos de reforma del Estado y de lucha contra la corrupción, que tanta importancia cobraron durante la administración Obama.

En el caso de Colombia y de México, el tema común del narcotráfico y la creciente violencia contra líderes sociales y periodistas en ambos países, requiere de un tratamiento novedoso y reformado de parte de Estados Unidos. El mayor consumo de drogas ocurre en ese país y las dinámicas de ese mercado han disparado todo un universo de nuevas prácticas del narcotráfico en América Latina y el Caribe. Si con Obama se habló de cambiar esa relación, la de Biden tiene la oportunidad de hacerlo.

El nuevo presidente de Estados Unidos ha indicado su interés de que su país lance una iniciativa multimillonaria de respaldo a los países del triángulo norte de Centroamérica. Un mayor crecimiento económico y una mejor distribución de la riqueza en la región, no solo le conviene a Guatemala, Honduras y El Salvador, si no que aporta beneficios directos a Panamá con más turismo, y nuevas oportunidades de negocios.

Vacunas y carbono

En el último siglo, Estados Unidos tuvo dos oportunidades para construir alianzas y redefinir el panorama de la política internacional. En la primera, en 1945, con el Plan Marshall y el sistema de Naciones Unidas, se pudo reconstruir rápidamente las economías europeas e integrar a Japón a un mundo globalizado. En 1989, con la caída del Muro de Berlín, hubo una complacencia negligente con la situación de los distintos estados de Europa Oriental, el Asia Meridional y los países africanos, bajo la órbita socialista. Ahora, con el colapso económico mundial causado por la pandemia de la Covid-19, una administración demócrata tiene la oportunidad de repetir el éxito de 1945. A su favor, cuenta con dos herramientas poderosísimas. La primera es la mayor capacidad de producción de vacunas contra la Covid-19 en el mundo, ya que tres de los cuatro consorcios líderes en la producción de estas vacunas son estadounidenses. Biden tendrá la oportunidad de lujo de alinear su industria farmacéutica y producir suficientes vacunas para inocular a todo el planeta en los próximos años. Estados Unidos hizo algo similar cuando produjo suficientes vacunas para erradicar la viruela del mundo, proceso que se completó en el año de 1980.

El otro gran elemento que aporta Biden a la geopolítica mundial es la promesa de la descarbonización de su economía. Estados Unidos ha sido el más grande productor histórico de gases de efecto invernadero, causantes del cambio climático, Biden ha prometido metas ambiciosas de reducción de la emisión de gases contaminantes para su país. Esto le da una poderosa herramienta de negociación, nunca antes disponible para un gobierno: la capacidad de evitar la destrucción ambiental del planeta, por los peores efectos del cambio climático global.


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