Exclusivo Suscriptores

Cuando el drama humano se desplaza en piraguas

Mientras los gobiernos buscan un acuerdo para la crisis migratoria, en el corazón de la selva miles de personas viven un drama humano sin precedentes.

Cuando el drama humano se desplaza en piraguas
Agotados de una travesía selvática que demoró hasta 9 días los migrantes se embarcan en piraguas para moverse hasta los albergues próximos a la carretera Panamericana. Agustín Herrera

Entre 25 y 30 embarcaciones están saliendo diariamente desde Bajo Chiquito, en la comarca Emberá, cargadas con unos 15 migrantes cada una, y con destino a los albergues de Lajas Blanca y San Vicente, en Metetí, provincia de Darién.

+info

Panamá y Colombia buscan establecer una ruta humanitaria para movilizar a los migrantes

Muchas de estas personas han caminado hasta por nueve días las profundidades de la hermosa y despiadada selva darienita. Ayer durante un recorrido que hizo La Prensa a esta aldea indígena donde llegan los migrantes, luego de salir de Capurganá en Colombia, se pudo observar cómo a través del río Turquesa esta caravana vive uno de los momentos más críticos de su travesía.

Algunas piraguas, como llaman los emberá a sus navíos, quedaban atrapadas entre las piedras de este río, un afluente del gran Chucunaque.

En Bajo Chiquito las condiciones son insalubres. Basura por todos lados, lodo, no hay baños y lo más cercano que se acerca a la presencia del Estado es una pequeña base del Servicio Nacional de Fronteras (Senafrot), con unos 10 agentes y un puesto de Salud que generalmente no tiene medicamentos. A diario allí llegan desde Capurganá unos 300 nuevos migrantes lo que hace más compleja la convivencia en esta pequeña aldea indígena.

En el lado colombiano, mientras tanto, unos 10 mil migrantes se preparan para adentrase a la selva para tratar de llegar a Estados Unidos, su gran meta.

Viaje al corazón del drama humanitario en Darién

Cuando el drama humano se desplaza en piraguas
Las piraguas llegan como un desfile interminable, cargadas de caminantes que buscan recomponer sus vidas en el norte del continente americano. Agustín Herrera

El drama de la migración irregular entre Panamá y Colombia se vive con lágrimas, dolor, sangre y muertes. También navegando las portentosas aguas del Mar Caribe entre Necoclí y Capurganá, en el lado colombiano y, finalmente, cruzando la hermosa pero a la vez despiadada selva de Darién con sus caudalosos ríos Turquesa y Chucunaque. Allí se impone la ley del más fuerte.

Cruzar esta selva viene siendo para los migrantes obligatoriamente una especie de doloroso ritual, resultado de la pobreza y violencia que se vive en sus países, y que los lleva a ofrendar sus vidas por el sueño americano, es decir llegar a Estados Unidos o en última instancia encontrar una oportunidad en Canadá o México. Nada más importa, incluso sus vidas, con tal de lograrlo.

Son las 10:30 a.m. y en la estación receptora de migrantes de San Vicente, Metetí, Darién, está Clara Álvarez, cubana, de 50 años, quien mantiene sus piernas extendidas y que a simple vista reflejan las marcas de su travesía por el temido tapón del Darién. “Esto no es para cualquiera, hay fango y muchas lomas”, dice.

El sol impacta directamente el rostro de la mujer y junto a la humedad generan cierto grado de incomodidad, aunque eso no le impide seguir contando su historia. Narra que debido a su edad le tomó nueve días caminar la frontera entre Colombia y Panamá, y que una infección en las piernas, que padece aún, no le permiten olvidar aquella vivencia.

Pero lo que más le preocupa a Álvarez es la salud de su nieto de 11 meses, Alito, como le dice de cariño. Está recluido en uno de los centros de salud de Darién debido a una bronquiolitis, una infección pulmonar, que adquirió en la selva.

La mujer se quiebra, suelta una lágrima y no puede continuar la conversación. Interviene su yerno, Yusniel Morón, quien relata que las intensas lluvias causaron que el bebé se resfriara y con el paso de los días se complicara su estado de salud. “Adquirió fiebre y en el primer campamento en Bajo Chiquito tardaron en trasladarlo hacia un hospital”, subrayó el cubano de 24 años.

Hay que recordar que luego de que los migrantes salen de Capurganá, en Colombia, el primer poblado panameño al que llegan es Bajo Chiquito, dentro de la comarca Emberá, donde habitan unas 500 personas.

Cuando el drama humano se desplaza en piraguas

Tras días de camino y eventualidades, que van desde robos, abuso sexual, enfermedades o cansancio, Bajo Chiquito es el poblado donde los migrantes vuelven a sentir esperanza, luego de desafiar a la muerte en la densa jungla.

Durante un recorrido de La Prensa por este poblado, el día de ayer, más de 25 embarcaciones salieron cargadas con entre 12 y 15 migrantes cada una con destino al albergue de Lajas Blanca en Metetí Darién. Eran un gran desfile de personas entre las 7:00 a.m. y las 11:30 a.m. sorteando la fuerte corriente del Turquesa, para continuar con su camino hacia un mejor futuro.

Algunas piraguas, como llaman los emberá a sus navíos, quedaban atrapadas entre las piedras de este río, un afluente del gran Chucunaque. A raíz de esto algunos migrantes tenían que bajarse a empujar la embarcación, a expensas de ser atacados por un animal salvaje o que la piragua se volteara.

En Bajo Chiquito las condiciones son insalubres. Basura por todos lados, lodo, no hay baños y lo más cercano que se acerca a la presencia del Estado es una pequeña base del Servicio Nacional de Fronteras (Senafrot), con unos 10 agentes y un puesto de Salud que generalmente no tiene medicamentos. Ayer un equipo de la organización Médicos Sin Fronteras atendían a los que llegaban con heridas, enfermos o deshidratados.

Cuando el drama humano se desplaza en piraguas
Campamentos levantados para los migrantes. Agustín Herrera

A diario allí llegan desde Carpurganá unos 300 nuevos migrantes, lo que hace más compleja la convivencia en esta pequeña aldea indígena. El segundo jefe emberá o noko de la comunidad, Melisio Rosales subraya que lo poco que tienen lo comparten con los huéspedes.

“Algunos llegan con hambre, otros enfermos, pero también nos dejan grandes cantidades de basura. Es momento que las autoridades miren lo que ocurre en Bajo Chiquito”, planteó. Recuerda que aquí ni siquiera tienen señal telefónica pese a ser el primer centro de recepción de migrantes.

Le envió un mensaje al presidente de la República, Laurentino Cortizo: “señor presidente: garantice los derechos humanos de nuestra comunidad y de esta población de migrantes. Nosotros hacemos lo que podemos, pero solos no podemos”.

El último reporte del Servicio Nacional de Migración de esta semana da cuenta que en este poblado indígena hay más de 500 migrantes, de un total de mil 236 que hay en Darién. Aunque en lo que va de 2021 por esta provincia, una de las más pobres del país, han pasado casi 50 mil migrantes irregulares, según el ministro de Seguridad, Juan Manuel Pino.

Otra de las personas que recorrió esta extensa área fue el cubano Jorge Arias. Él vivió en Colombia por tres años, pero la difícil situación del vecino país le obligó a tener que adentrarse a una nueva aventura: cruzar Darién para llegar a Norteamérica.

El hombre de piel colorada evidentemente marcada por el sol, cuenta que en su trayecto de seis días vio dos muertos en el camino y un esqueleto con vestimenta de mujer. Todavía el joven no sale de la impresión al ver los cadáveres: “prácticamente no se les entierra y quedan allí en el olvido y en medio de la nada. Es un triste final”.

Cuando el drama humano se desplaza en piraguas
Los migrantes viajan en piragua. Agustín Herrera

A su juicio si hubiera sabido a lo que se enfrentaría no retaría a la “selva de la muerte” y “sin ley” como el mismo la define, aunque tras las dolorosas vivencias dice que ya no puede dar marcha atrás, pero si dejó un mensaje a aquellos que quieran adentrarse al tapón del Darién: allí sobrevive el más fuerte.

Ahora su sueño es llegar a Miami, en Estados Unidos, donde tiene varios amigos para asentarse, comenzar a trabajar y una vez tenga los recursos económicos comprar un gran oso de peluche y llevárselo a su pequeña hija Melisa que dejó en Cuba.

Frente a este drama y las actividades delictivas, representantes del Ministerio de Seguridad, la Cancillería, el Ministerio Público y el Senafront sostendrán una sesión de trabajo mañana lunes con sus homólogos colombianos con el fin de establecer una ruta entre ambos países y a la vez comenzar una ofensiva contra las organizaciones criminales que lucran con los migrantes.

En el municipio de Necoclí, Colombia, aún hay unas 10 mil personas que se encuentran esperando salir del lugar para ingresar a la selva.

En lo que respecta a Panamá del total que pasaron por el país en 2021, el 77% proviene de las antillas principalmente Haití y Cuba, un 14% de América del Sur, un 5% de África y un 4% de Asia. Además el 65% son adultos y el otro 35% son menores de edad.

Nardie Cerdieu, una haitiana de 39 años, es una de ellos. Luego de estar dos años en Surinam optó por viajar con su hija Agustina de cinco años a Estados Unidos. No obstante, en la selva fue víctima de robo: “le apuntaron a mi hija para que les diera el dinero”.

Cerdieu contó que pagó a los coyotes 550 dólares por ella y otros 550 por su pequeña. Ellos le habían prometido que la dejarían en un lugar de la jungla donde solo tendría que caminar un día para llegar a Panamá, pero la dejaron sola y en medio de una zona totalmente desconocida. Dice que de su mente no sale aquella imagen de la selva del Darién: “es un lugar terrorífico. No le aconsejo a las personas que tomen esta ruta por más ganas que tengan de llegar o cumplir el sueño americano. Al final se puede convertir en una gran pesadilla”.

Darién, el triste final

Esta inhóspita extensión de flora y fauna entre Panamá y Colombia se ha convertido en el final del camino de muchos migrantes que buscan libertad, mejores condiciones de vida y paz. Su imponente y caudaloso río Turquesa es protagonista y a la vez testigo mudo de ese fatídico último momento: la muerte.

Fue allí donde Bárbara Enriques vio por última vez en 2019 a su madre Eneida Milián, de 81 años de edad. Ambas cubanas intentaban llegar, junto a su familia, a Estados Unidos, pero una gran crecida del río Turquesa se llevó a la adulta mayor mientras acampaban en el área y hasta la fecha no sabe nada de ella. Incluso esperaron en Costa Rica por más de un año a ver si tenían noticias del cuerpo de su madre, pero nunca lo encontraron.

Hoy desde Miami aún no olvida aquel día y a pesar que llegó a Estados Unidos todavía siente el vacío que dejó su mamá y también reflexiona: “estoy feliz por mis hijos y mis nietos que me acompañan, pero con honestidad le digo que mi alma y mi corazón están en esa maldita selva junto a mi mamá. Yo me siento vacía, algo muy grande me falta y esa ausencia no la cubre ningún país”.

Las desapariciones en la selva de Darién y que no forman parte de las estadísticas oficiales del Estado vienen ocurriendo hace varios años, cuando comenzó el gran flujo migratorio. De eso da cuenta Yolanda Camilus, una joven haitiana quien vive en Estados Unidos, y que informó que su hermano Ronald Pierre desapareció mientras hacía este viaje junto a su esposa y dos hijos.

Pierre venía acompañado de algunos amigos, quienes salieron con él desde Ecuador, pero lo dejaron en la jungla cuando decidió, por cuenta propia, ayudar a otro migrante herido. Desde ese momento, no sabe nada de él ni del resto de su familia. “No tenemos noticias de él desde 2016. Si tienen información de mi familia, por favor compartan”, ruega la joven desde Estados Unidos tras ser contactada por La Prensa esta semana para contar esta historia.

Milián y Pierre aún siguen desaparecidos en el corazón de la selva o en las aguas del Turquesa, y seguramente mientras usted lee esta historia otros sufren intentando subir la famosa “loma de la muerte”, llamada así por ellos debido a que les toma casi un día subirla como parte de su arriesgado trayecto por Darién. Es allí en aquella hermosa y despiadada franja selvática sin ley donde los sueños de prosperidad y libertad terminan, y comienzan la pesadilla que la canciller y vicepresidenta de Colombia, Marta Lucía Ramírez, definió en dos palabras “tragedia humanitaria”.


LAS MÁS LEÍDAS

  • Helicópteros Black Hawk del Comando Sur llegarán a Panamá para entrenamientos. Leer más
  • El negocio secreto en la ATTT que concretó el operador de Gaby Carrizo. Leer más
  • Ocho años de cárcel: ratifican condena contra exdirectivo del PRD por peculado en el Ifarhu. Leer más
  • Publican lista de preseleccionados para las becas de concurso 2026 del Ifarhu. Leer más
  • Ifarhu publicará la lista de preseleccionados para becas 2026: así sabrá si fue elegido. Leer más
  • Becas del Ifarhu 2026: documentos que deben entregar los preseleccionados. Leer más
  • La naviera china Cosco Shipping suspende operaciones en el puerto de Balboa. Leer más