Tres días después del feroz terremoto que estremeció a Ecuador, miles aguardaban resignados los cuerpos de sus familiares para poder despedirse por última vez. Otros, optimistas, continuaban a la expectativa de que rescatistas hallaran a los suyos.
A pesar de que se había logrado rescatar a 54 personas con vida, los fallecidos subieron a 525, según el más reciente reporte, superando la cifra oficial de muertos por el sismo mucho más poderoso que castigó a Chile en el 2010.
El presidente Rafael Correa dijo ayer que la cantidad de fallecidos seguirá aumentando, aunque a menor ritmo. “Esto es dolorosísimo, hemos llorado a nuestras víctimas y hay que seguirlas llorando, pero que esas lágrimas fertilicen el suelo del futuro”, aseguró en rueda de prensa.
“Vamos a salir adelante y vamos a salir fortalecidos”.
Poco después de que el sismo de 7.8 de magnitud golpeara la costa ecuatoriana, Correa dijo que era el peor terremoto desde hace casi 40 años, pero tras conocerse la extensión del daño, aseguró que es la peor catástrofe desde el terremoto de Ambato, que causó la muerte de más de 5 mil personas en 1949.
La tragedia puso más presión sobre la ralentizada economía del miembro más pequeño de la OPEP, y el mandatario calculó que le costará al país andino hasta 3 mil millones de dólares o tres puntos de su producto interno bruto (PIB).
Y ayer, Correa adelantó la posibilidad de emitir bonos para financiar la multimillonaria reconstrucción.
“Estamos viendo posibilidad de colocar bonos en el mercado internacional, pero se han planificado otras medidas”, dijo.
De concretarse, sería la tercera incursión en los mercados globales del país andino desde que declaró una moratoria en su deuda en 2008. Actualmente, Ecuador tiene en circulación unos 3 mil 500 millones de dólares en bonos Global 2020 y 2024.
El mandatario izquierdista de 53 años, que gobierna Ecuador desde 2007, agradeció la pronta ayuda internacional, pero dijo que la mejor muestra de solidaridad era visitar el país.
“Hoy necesitamos más que nunca esos ingresos del turismo”, dijo sobre la actividad que el año pasado le dejó unos mil 700 millones de dólares a la pequeña nación.
Las imágenes de destrucción se repetían a lo largo de los más de 200 kilómetros de litoral afectado: sobre calles en las que solían levantarse casas, edificios y hoteles, ahora se apilaban toneladas y toneladas de escombros.
En Portoviejo, el incólume estadio de fútbol servía de centro de acopio, improvisado mortuorio y de morada para evitar que los lugareños volvieran a pasar la noche a la intemperie por temor a las incesantes réplicas, que ya sumaban más de 540.
La madrugada del miércoles, un fuerte temblor de 6.1 de magnitud azotó nuevamente la zona cero despertando a miles que, despavoridos, salieron de sus casas.
“No te puedes imaginar el susto”, dijo María Quiñónez, de 25 años, mientras esperaba en Pedernales por víveres. “¿Otra vez?, pensé. Salimos corriendo hacia espacio abierto”.
A pesar de que la más reciente serie de sismos no generó más destrucción, se produjeron algunos desmoronamientos de estructuras dañadas y algunas carreteras terminaron de cuartearse.
