Las redes sociales son el principal medio de comunicación del mundo. Datos de 2021 cuantifican el universo de usuarios de las redes sociales en 3 mil 800 millones de personas, de las cuales unas 2 mil 500 millones son usuarias de Facebook, y mil millones, de Instagram, que también es parte de la misma empresa.
Aunque Facebook y sus distintas redes sociales están en el ojo de la tormenta, tanto por el riesgo que representan para las democracias como por los efectos que pueden tener sobre la salud mental de personas vulnerables, la discusión sobre el rol del Estado y la regulación pública de las redes sociales debe ser más amplia.
Las excepciones
Existen redes sociales de mucha importancia y rentabilidad en China, como por ejemplo Wechat (que es la versión china de Facebook, Amazon, Uber, Yappy y PedidosYa, todo junto), Sina Weibo (versión china de Twitter) y Youku (equivalente de YouTube). Esas redes sociales y cualesquiera otras que existan en China están censuradas por el gobierno y muy vigiladas activamente. Ellas no son el problema de Occidente.
Cuando Facebook, Twitter o Youtube funcionan en un Estado autoritario como Rusia o Turquía, deben hacerlo bajo reglas estrictas y una censura activa. Lo mismo se aplica a los servicios y a la oferta de productos de las tiendas digitales como las de Apple. Entonces, acá tampoco es el problema.
Es obvio que las redes sociales, al ser empresas, van a saber coexistir con regímenes autoritarios y corruptos, o serán excluidos de dichos mercados de forma tajante como lo ha hecho China. El desafío a la coexistencia democrática y a la deliberación cívica entre los ciudadanos se da precisamente en las sociedades abiertas que mantienen algún grado de democracia liberal.
¿Qué son las redes sociales?
Las redes sociales son plataformas digitales de comunicación entre usuarios que comparten los mismos intereses y que puede incluir el intercambio de contenido propio o de terceros. En la época ingenua de las redes sociales, estas simplemente servían como un mecanismo que generaba contactos y fomentaba la formación de comunidades. Aunque no todas las redes sociales son iguales, comparten algunas cualidades que las hacen vulnerables a la manipulación, como cualquier otro medio de comunicación.
La mayoría de las redes sociales atrae usuarios por el acceso gratuito a su plataforma y, por lo tanto, para que el servicio sea viable, necesita atraer anuncios o “vender” la información o los contactos de sus usuarios. Hasta allí, no hay mayor diferencia con otros medios.
Sin embargo, las redes sociales pueden hacer algo que ningún otro medio de comunicación moderno pudo hacer en la historia: filtrar y seleccionar únicamente aquello que optimizaría la rentabilidad de cada usuario.
Los algoritmos más sofisticados de las redes sociales son capaces de construir un perfil del usuario y acercarlo a aquello que a la red le interesa que conozca y que lo induce a pasar más tiempo usando la plataforma. Según el diccionario de Oxford Language, un algoritmo es un “conjunto ordenado de operaciones sistemáticas que permite hacer un cálculo y hallar la solución de un tipo de problemas”. Estas operaciones matemáticas, que son fundamentales para las redes sociales, son amorales, ya que están diseñadas para aumentar el tiempo de uso en la red social y la intensidad de los intercambios. Si usted sólo escribe sobre oraciones y misas, el algoritmo encontrará cómo venderle un rosario o una Biblia de lujo. En cambio, si lo suyo es una actividad sexual o el consumo de drogas, ya sabe lo que va a pasar.
Esta cualidad “atrayente” de las principales redes sociales se convirtió en el talón de Aquiles de las naciones del mundo. En 2016, la empresa consultora Cambridge Analytica compró “irregularmente” los datos de 50 millones de usuarios estadounidenses de Facebook para desarrollar una estrategia de comunicación electoral que incluía mentiras, exageraciones, tergiversaciones y fake news para beneficiar a la campaña presidencial de Donald Trump.
En 2017, el ejército de Myanmar usó Facebook para divulgar noticias falsas y generar una reacción racista contra la minoría Rohingya, la cual fue víctima de ataques genocidas y sufrió la violenta expulsión de sus hogares y territorios tradicionales. Un estudio preparado para la propia Facebook confirmó que la empresa no tenía los controles para evitar que el fanatismo, la xenofobia y los mensajes racistas proliferaran en la red.
Pandemia y otras elecciones estadounidenses
Facebook volvió a ser protagonista de una dura crítica por sus algoritmos, ya que durante la pandemia, los grupos antivacunas y los negacionistas de la Covid-19, junto con otros interesados en divulgar conspiraciones, hicieron su agosto con la red social. Además, durante la controvertida campaña presidencial estadounidense de 2020, los operadores electorales vinculados al presidente Trump y otros grupos inspirados por este mandatario, propiciaron la más amplia divulgación de campañas conspirativas, mentiras y tergiversaciones para cuestionar la legitimidad de la elección del demócrata Joe Biden.
Para prevenir una repetición de 2016, Facebook estableció una Unidad de Integridad Cívica que debía detectar y cancelar los mensajes tergiversados o manipulados sobre las elecciones estadounidenses. Una vez fue clara la victoria de Biden, Facebook disminuyó la capacidad de la Unidad de Integridad Cívica.
Según la ingeniera Frances Haugen, quien formó parte de esta unidad de Facebook, en declaraciones al Congreso de Estados Unidos, el pasado 5 de octubre, afirmó que Facebook estaba rebasada por toda la desinformación en la plataforma, y que una vez pasadas las elecciones, se descuidó el esfuerzo, lo que facilitó el ataque al Capitolio el 6 de enero de este año.
En su testimonio, Haugen indicó que la empresa estaba causando daño a la juventud y promovía la polarización política en Estados Unidos: “Los líderes de la compañía saben cómo hacer que Facebook e Instagram [propiedad de Facebook] sean más seguros, pero no harán los cambios porque anteponen sus beneficios astronómicos a la gente”, de acuerdo con publicación de France24.
Haugen también explicó que varios partidos políticos europeos se habían acercado a Facebook para pedir ayuda, ya que sus posiciones electorales se habían vuelto cada vez más extremas con el propósito de aumentar su audiencia en la red social.
¿Cómo regular una red social?
En principio, a las redes sociales se les aplican las mismas reglas que a los medios de comunicación tradicionales, excepto en Estados Unidos, país donde las redes sociales tienen una protección adicional como si se tratara de un teléfono o de una computadora, es decir, que la plataforma no tiene mayor responsabilidad por el contenido que publica.
Aunque la mayoría de los países occidentales, sobre todo la Unión Europea, cuentan con reglas muy fuertes para proteger la privacidad y la intimidad de los usuarios de las redes sociales, no siempre se puede garantizar que las redes sociales cumplan con estas regulaciones. La ingeniera Haugen dijo que el 87% de los recursos que Facebook asigna para monitorear los intercambios en la plataforma, están destinados al idioma inglés. Las decenas de otros idiomas, incluyendo al español, deben disputarse un insípido 13% de los fondos.
Una regulación de las redes sociales no debe ser una herramienta de censura ni de imposición del lenguaje políticamente correcto. Sin embargo, las redes sociales deben conocer la identidad real de sus usuarios y ponerla en conocimiento de las autoridades o de las víctimas de amenazas o campañas difamatorias. Facebook y las redes sociales saben cómo limitar la divulgación de discursos racistas, antisemitas, homofóbicos, así como los mensajes de odio. Las propias redes han ensayado distintos mecanismos, pero su aplicación generalizada significaría modificar sus sacrosantos algoritmos y disminuir el tiempo de atención de los usuarios más extremistas.
Tanto Twitter como YouTube y la propia Facebook han sabido aplicar controles a los discursos conspirativos y a algunos ejemplos de antivacunismos, pero ese ejemplo de autorregulación no es suficiente.
En Estados Unidos y Europa Occidental, existen redes sociales mucho más pequeñas focalizadas en los fanáticos religiosos y los extremistas de derecha e izquierda, que alimentan futuros Caballos de Troya contra la democracia. Esas redes sociales hacen dinero a partir del odio, un fenómeno que nunca antes se había dado en las sociedades abiertas.
Si las grandes redes sociales no cambian su forma de proceder y los políticos se empantanan en la regulación adecuada, se estará permitiendo que con una tecla se disparen los dardos envenenados, que mañana bien podrían ser las balas que silencien las democracias.

