En la edición de agosto de 1989 de la revista estadounidense de opinión política The New Republic, el periodista conservador británico Andrew Sullivan publicó un artículo titulado “Here comes the groom” (“Aquí viene el novio”), en el que justificaba que la mejor medida de política pública para resolver la situación de los derechos civiles de las parejas homosexuales, era la legalización del matrimonio gay.
Sullivan argumentaba que las instituciones jurídicas que se habían creado en estados como Nueva York y California para reconocer derechos civiles y patrimoniales a las parejas homosexuales eran insuficientes y complicadas. Se llamaban domestic partnerships (asociaciones domésticas), y podían ser muy ambiguas, llegando a incluir compañeros de estudios, dos solteros que vivieran juntos y otros vínculos personales que nada tenían que ver con una unión igualitaria. Sullivan, muy conocido por su respaldo a las políticas derechistas de Margaret Thatcher, fundamentaba su propuesta desde un punto de vista de políticas públicas y de la igualdad de derechos de los beneficiarios.
Mientras tanto, en 1980, un joven historiador de la Universidad de Yale, John Boswell, publicó un ensayo sobre la primitiva iglesia católica en la temprana edad media, encontrando registros de “ceremonias de hermanamiento” o lo que llamó “bodas de semejanza”, que incluían una misa católica y un festejo. Según Boswell, con esta ceremonia, dos varones unían su vida en pareja, incluyendo los respectivos derechos de sucesión, afiliados a un matrimonio usual. Boswell publicó en 1996 el ensayo fundamental sobre este tema: “Las bodas de la semejanza”.
‘¿Quién soy yo para juzgar?’
“Desde el inicio del pontificado, el papa ha hablado de respeto hacia las homosexuales y ha estado en contra de su discriminación. La novedad ahora es que defienda como papa una ley para las uniones civiles”, explicó a Rainews la vaticanista Vania de Luca. Tras su elección en 2013, el papa Francisco adoptó un tono más tolerante hacia los homosexuales, lanzando su famosa frase “¿Quién soy yo para juzgar?” y recibiendo en varias ocasiones en el Vaticano a parejas homosexuales, provocando la ira del ala más conservadora de la Iglesia.
En la década de 1990, en los recintos universitarios de Estados Unidos y Europa, empezaron a proliferar las pancartas, los foros y las protestas llamando la atención hacia la necesidad de legalizar el matrimonio igualitario. En los círculos de los jóvenes activistas se hizo común que parejas heterosexuales realizaran una ceremonia de compromiso matrimonial, indicando que la fecha de su casamiento sería después de que se legalizara el matrimonio igualitario.
Se rompe el hielo
Holanda fue el primer país del mundo en legalizar el matrimonio igualitario, en el año 2001; luego siguieron Bélgica, en el 2003, y España y Canadá, en el 2005. Un país africano, Sudáfrica, lo hizo en el 2006, y el primer latinoamericano, Argentina, lo legalizó en el 2010. Así sucesivamente evolucionó, hasta que la gran mayoría de las naciones occidentales lo aprobaron. Incluso, la gran mayoría de los ciudadanos latinoamericanos viven actualmente en países en los que el matrimonio igualitario es legal: Argentina, Brasil, Colombia, Costa Rica, Ecuador, México y Uruguay.
Opina (de nuevo) Bergoglio
En junio del 2010, el entonces arzobispo metropolitano de Buenos Aires, Argentina, el jesuita Jorge Bergoglio, envió una carta a los conventos carmelitas de esa ciudad, manifestando su rotunda oposición a la discusión de una ley que legalizaría el matrimonio igualitario. El obispo escribió: “No se trata de una simple lucha política; es la pretensión destructiva al plan de Dios. No se trata de un mero proyecto legislativo [éste es sólo el instrumento] sino de una ‘movida’ del padre de la mentira que pretende confundir y engañar a los hijos de Dios”.
Dice el tango que “veinte años no es nada”, así que 10 años es menos que nada y, en ese término, el papa argentino ha estado madurando su opinión sobre el tema. De esta forma, en el documental Francesco, del realizador ruso Evgeny Afineevsky, el papa Francisco declara ante la cámara: “Los homosexuales tienen derecho a estar en una familia. Son hijos de Dios y tienen derecho a una familia. Lo que tenemos que hacer es crear una ley de uniones civiles. Así están cubiertos legalmente. Yo apoyé eso”.
Lo novedoso del planteamiento no es que el papa Francisco apoye las uniones civiles entre personas del mismo sexo, si no que el máximo jerarca de la iglesia católica reafirme que las personas homosexuales tienen el derecho de pertenecer a una familia, lo que obviamente incluye la formación de un núcleo familiar acompañado de la adopción de hijos.
En declaraciones a medios europeos, el director del documental, Evgeny Afineevsky, afirmó que a lo largo de la filmación pudo notar la evolución del pensamiento del papa Francisco sobre el tema, debido a su mayor sensibilidad ante los escándalos de abusos sexuales del clero católico.
Por su parte, la burocracia del Vaticano reinterpretó las declaraciones papales. Thomas Rosica, de la sala de prensa del Vaticano, aclaró que: “el papa Francisco no apoya las uniones homosexuales”. Según el sacerdote y vocero del Vaticano, las declaraciones del papa han sido distorsionadas.
Parece que dentro del Vaticano no están muy de acuerdo con lo que opina el obispo de Roma. Quizás esto sea un indicio de un posible cisma religioso, o anticipe un profundo cambio en el dogma católico.
Una cuestión semántica
La legalización del matrimonio igualitario ha sido el resultado de un proceso social de medio siglo: desde la visibilización de los colectivos LGBTI en Europa y Norte América principalmente, desde finales del siglo pasado, hasta que la idea de la igualdad de derechos alcanzó masa crítica en la mayoría de las democracias del mundo occidental. No hay mucha distancia entre la propuesta de Sullivan y la opinión del papa Francisco. Las dos ideas tratan del mismo concepto: una institución jurídica del derecho civil sometida a regulaciones estatales. Uno la llamó matrimonio gay y el otro la denomina unión civil entre personas del mismo sexo.
El alcance de ese razonamiento se enfrenta a la realidad de culturas políticas y jurídicas incapaces de asimilar el cambio de la semántica social provocada por una simple idea: aquella de que todos los seres humanos somos iguales y tenemos los mismos derechos.
‘¿Quién soy yo para juzgar?’
“Desde el inicio del pontificado, el papa ha hablado de respeto hacia las homosexuales y ha estado en contra de su discriminación. La novedad ahora es que defienda como papa una ley para las uniones civiles”, explicó a Rainews la vaticanista Vania de Luca.
Tras su elección en 2013, el papa Francisco adoptó un tono más tolerante hacia los homosexuales, lanzando su famosa frase “¿Quién soy yo para juzgar?” y recibiendo en varias ocasiones en el Vaticano a parejas homosexuales, provocando la ira del ala más conservadora de la Iglesia.
