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EN TIEMPOS DE COVID-19

El virus y las voces del Panamá sin agua

¿Cómo se cuidan del coronavirus los que no se pueden lavar las manos todo el tiempo? Relatos desde el Panamá, más allá de los rascacielos.

El virus y las voces del Panamá sin agua
En Kuna Nega, en el corregimiento de Ancón, en la capital, sus habitantes están obligados a almacenar agua en tanques. Allí el líquido llega de vez en cuando. Román Dibulet

Lavarse las manos, esa fórmula que recomiendan las autoridades de salud para frenar el coronavirus, es un lujo para miles de panameños que no cuentan con agua potable.

Panameños sin agua hay por todos lados: en las comarcas, en Darién, en islas como Contadora, San Miguel y Taboga, al igual que en Arraiján y la capital.

Los últimos gobiernos han fracasado en su intento para llevar el agua a todos los ciudadanos, agrandando la brecha entre el Panamá del crecimiento económico y el Panamá que aún no tiene acceso a los servicios básicos. Hay sitios en la capital donde no ven el agua durante semanas. La lista es extensa, pero algunos de los ejemplos más palpables están en Chepillo, corregimiento de Chepo en Panamá este, Kuna Nega, corregimiento de Ancón, y varias comunidades de Las Cumbres.

El último censo de población reveló que el 93% de los hogares panameños cuenta con el líquido, pero hay algunos corregimientos del país donde el 50% de sus habitantes no cuenta con agua.

La Prensa recoge testimonios de personas de Kuna Nega y de sectores de Las Cumbres, donde lavarse las manos por estos días es una mera ilusión. Relatos de un Panamá que se siente aislado.

Un río y un basurero para sobrevivir al coronavirus

El papá de Enrique Mosquera también es su presidente. No es humano, pero tiene vida. No es político, pero les reparte a todos. Es grande, sucio, peligroso. Huele a peste. Toma el sol todos los días y sobre su extenso cuerpo se posan bandadas de pájaros negros, moscas y cualquier otro animal hambriento.

Podría ser un personaje de algunas de las historia del genio japonés Hayao Miyazaki: un ser complejo y fantástico. Pero no, el papá y el presidente del protagonista de esta historia es el principal vertedero de la ciudad.

El virus y las voces del Panamá sin agua
En Kuna Nega, corregimiento de Cerro Ancón, recurren a las aguas del río Mocambo para lavar la ropa y limpiar la casa. Román Dibulet

Él lo dice con convicción y agradecimiento: “el papá y el presidente de nosotros siempre ha sido el Cerro Patacón”. Enrique, setentón, medio ciego, y con la piel curtida por muchos soles y lluvias, está al frente de su casa de tablas verdes y techo de zinc, en Kuna Nega, una población a solo minutos del centro financiero de la capital, comunidad que creció a orillas del basurero más grande del país. Allí nunca tienen agua, y el hambre abunda.

Pero ahora, en tiempos de virus, pestes, patógenos y medidas de prevención, esos males de siempre los terminan de poner contra la pared.

¿Cómo un pueblo sin agua y al pie de un basurero se lava las manos para protegerse del coronavirus? Los rituales de higiene que recomiendan las autoridades de salud, en Kuna Nega (unos 8 mil habitantes) tienen poca acogida. Los días en que el agua aparece, almacenan todo lo que pueden en grandes tanques azules para luego administrarla con precisión: una cubeta para cocinar, otra para lavar, otra para limpiar la casa, otra para bañarse, y así...

Cuando se acaba, recurren al río Mocambo. Para llegar allá, Enrique, sus cuatro hijos, muchos hijastros, y 40 nietos, solo tienen que cruzar la calle, y bajar una especie de cerro que en los días lluviosos requiere del equilibrio de un alpinista. Allí lavan la ropa y sacan el agua para asear la casa.

Eso de las distancias sociales que el mundo entero ensaya en medio de la pandemia para salvarse del virus, en Kuna Nega es casi una quimera. Es sencillo: para sobrevivir en ese lugar, siempre (no ahora) han puesto en práctica esa palabra bonita que el presidente Laurentino Cortizo pregona por estos días: la solidaridad.

Ser solidarios en Kuna Nega requiere sobrepasar el afamado metro de distancia entre cuerpo y cuerpo que podría ahuyentar al virus. Si el vecino tiene hambre, Enrique le da plátanos, ñame, arroz o lo que pueda, y si en su casa no hay agua, el de al lado le resuelve.

“Este es un pueblito que está olvidado. Somos pobres, muchos no tenemos trabajo, y más ahora con esta calentura que se formó en el mundo entero. La cosa se ha puesto bien dura”, narra.

Es aquí cuando Enrique cuenta lo bueno que para ellos es vivir al lado de Cerro Patacón, eso que llama su papá y su presidente. “Cerro Patacón nos da todo. Muchos piensan que la comida que se bota es mala, pero acá uno la recoge y con eso comemos y la gente no se muere. Aquí muchos estamos desempleados. Cae comida buena. Cae gallina congelada, carne, lata de atún, lata de sardina. Si estuvieran vencidas, todo esta vaina... desde Chivo Chivo pa’ acá ya se hubiese muerto. Porque vienen de las otras barriadas a rebuscarse acá. La mayoría vivimos de eso”, cuenta Enrique la mañana del jueves 7 de mayo, casi dos meses después de que en Panamá se detectara el primer caso de Covid-19 (9 de marzo), lo que obligó al país entero a confinarse para evitar la propagación de la infección, y las empresas suspendieran miles de contratos, y el trabajo informal se aniquiló.

El virus y las voces del Panamá sin agua
En Praderas del Norte, los carros cisternas alimentan los tanques gigantes que le dan el agua a los pobladores. Román Dibulet

Él, al igual que sus vecinos, por estos días recibió una bolsa de comida. No está seguro si fue la bolsa “solidaria”, un componente del mediático plan Panamá Solidario con el que el Gobierno pretende ayudar a los más pobres. “Cinco libritas de arroz para 15 días es lo que han repartido por aquí…. azuquita, un paquetito de salecita... porque ni papel higiénico te mandan. Una bolsita. Si usted va a la tienda, creo que con $10 compra eso”, cuenta.

El día que La Prensa habló con Enrique, una de sus hijas bañaba a uno de sus cinco niños frente a la puerta de la casa. Sacaba agua del tanque azul, y lanzaba el líquido fresco y turbio al cuerpo del chiquillo que reía con gusto. Cada vez que alguien se baña, la reserva del agua, obvio, se reduce. Sí, como las del 7% del total de la población de Panamá, que según el censo de 2010 no tenía acceso al agua potable. Según ese conteo, última estadística oficial del país, hasta 2010, 293 mil 274 personas no tenían agua. Si bien el mayor problema está en las comarcas indígenas, el Panamá urbano también tiene serios problemas. En Las Cumbres, Chilibre, Pacora, 24 de Diciembre y Arraiján, por ejemplo, vivir sin agua se convirtió en la escena cotidiana.

Lo dice Francisco Romero, treintañero, conductor de busito colegial y residente de Praderas del Norte, una comunidad del corregimiento de Las Cumbres, en la capital, donde día a día padecen la falta del líquido. La historia de los mil 500 habitantes de esta barriada, con la falta del agua, es complicada. La compañía que fabricó sus viviendas (de $65 mil cada una, aproximadamente) nunca pudo conectarse a la tubería del Instituto de Acueductos y Alcantarillados Nacionales. Entonces todos dependen de los tanques de la inmobiliaria, que son llenados hora a hora, con carros cisterna. Eso implica tener agua solo unas pocas horas al día, padecer el ruido de los enormes camiones que se pasean todo el tiempo por la barriada y, sobretodo, recibir agua no apta para beber, ni cocinar.

Ellos, al igual que los de Kuna Nega, deben almacenar agua en tanques, cubetas, baldes, jarras. Eso sí, el recibo de, al menos, $17.95, les llega puntual todos los meses. Francisco y sus vecinos deben hacer magia para lavarse las manos constantemente, tal como recomiendan las autoridades para espantar al coronavirus.

Según Yoauris Ábrego, una aguerrida mujer que habla en nombre de la comunidad cuando se trata del agua, en la barriada ya hay varias personas contagiadas: un conductor de Metrobus, una enfermera, la cajera de un supermercado, un taxista. Gente trabajadora que todos los días desafía el virus para ganarse la vida. Pero a ella le preocupa la suerte de esas familias. ¿Cómo hacen cuando se les acaba el agua si están aisladas? ¿Quién los asiste? ¿Quién los ayuda?

A pocos kilómetros de allí, en Villa Grecia, viven una situación parecida. El agua es casi una ilusión. En la casa de Claribel Martínez ya no se acuerdan cuándo fue la última vez que vieron el líquido salir de la tubería. Para tener agua recurren a los vecinos, o a cualquier casa abandonada donde puedan llenar los tanques. Al igual que en Kuna Nega y Praderas del Norte, con cubetas intentan cubrir sus necesidades básicas. ¿Qué pasa con el lavado de manos en tiempos de coronanavirus? “Si hay agua en los cubos, se hace, si no, no...”

El virus y las voces del Panamá sin agua
En áreas de Villa Grecia, deben pedir agua donde los vecinos. Ya no recuerdan cuándo tuvieron el líquido. Román Dibulet



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