Vive en la ciudad de Vancouver, Canadá, un panameño de 78 años erudito en literatura inglesa, en particular, la de los siglos XVI y XVII. Reside en un apartamento pequeño, pero muy acogedor, de una sola habitación, cercano al emblemático Stanley Park, rodeado de libros de Milton, John Donne y Shakespeare.
Allá fue a parar Lindsey A. Densy Mann después de un itinerario vital por todo el siglo de oro de la literatura inglesa. Después de haber leído a Santo Tomás Moro y poetas clásicos y modernos, pero también a James Joyce y Oscar Wilde, todos ellos siempre en inglés. Estudió formalmente el griego actual y el griego antiguo y aprendió el latín por sí mismo, para así poder leer obras universales en el lenguaje y la sintaxis originales, con su fonética extinguida, como La Iliada y La Odisea.
Visitante asiduo de Stanley Park, ese parque tachonado con medio millón de árboles, Densy Mann dedicó en sus parajes largas horas de lecturas que solo podían interrumpir hombres y mujeres quienes le agradecían a su viejo profesor el haberlos conducido por las raíces de un idioma. “Siempre me encontré con jóvenes que leen muchísimo. Ahora también, sobre todo los educados en casa: son lectores obsesivos. Por esos jóvenes puedo decir que los libros no van a acabarse nunca”.
Acostumbró por años llevar libros bajo el brazo y leerlos mientras hacía fila en el banco o durante sus viajes a las universidades más prestigiosas de Estados Unidos y Canadá, donde ofrecía conferencias magistrales delante de cientos de estudiantes y expertos en lenguas clásicas y modernas. En ocasiones llegó a recitar versos miltoneanos, por decir algo, y estamos seguros de que el público llegó a identificar un sonido muy próximo al original, con versos pronunciados “en un inglés perfecto, sin acentos apreciables, colmados de un vocabulario de riqueza fabulosa”, comenta un sobrino suyo acá en Panamá.
Concluidos los años de dictar cátedra universitaria y de escribir ensayos y artículos, se dedicó a estudiar filosofía y matemáticas y más los títulos en inglés llegó a leer mil libros, dice él, pero según su sobrino son entre 3 mil y 4 mil. Un esfuerzo de escasa repetición en cualquier parte, cuya meta fue la de acercarse al horizonte trazado por los enciclopedistas franceses como Diderot o Voltaire, quienes decían que había que estudiarlo todo. O para rendirle un homenaje a John Milton, poeta de principios del siglo XVII.
“Fue un lector de todo lo escrito hasta ese momento en todos los idiomas, dicen los peritos de la historia europea; un hombre que memorizó todo en griego, hebreo, latín, francés, y que luego escribía en todos los idiomas”, recuerda admirado.
El prof
Hace unas semanas, Densy Mann saboreaba un helado de vainilla, sentado en el solar de una cafetería de la plaza Bolívar del Casco Antiguo. Tenía una camisa de cuadros, un pantalón caqui, unos zapatos sencillos y una mochila en la que seguramente llevaba alguna reliquia literaria. La pinta y sus gestos eran más los de un universitario en ciernes que la de un arqueólogo de las letras inglesas. Un balcón sombreó esa tarde dorada.
Entonces empezó diciendo, recordando, que su Panamá fue la ciudad de las décadas de 1940 y 1950, cuando era un niño y vivía en Bella Vista. “Ya en esa época leía; leía autores en español, pero en particular a Cervantes. Un primo, por cierto, me puso El Prof, porque tenía anteojos y decía que yo siempre tenía la nariz metida en un libro”.
De chico vivió en Lima, donde estudió junto a uno de los grandes autores de la literatura contemporánea. “Recuerdo mucho a un compañero con quien estuvimos en la misma clase. Un gran lector que fue premio Nobel de Literatura: Mario Vargas Llosa”, dice sobre el peruano a quien respeta y valora, aunque prefiere a Gabriel García Márquez. “Me gusta más el que escribió El amor en los tiempos del cólera y Cien años de soledad que, por ser colombiano, tiene algo de panameñidad. En cambio, el peruano tiene el español de su país”.
Partió para California precisamente cuando millones de migrantes se radicaron en el Pacífico sur de Estados Unidos. Luego, Densy Mann debió de apreciar cómo el genio de un idioma muda y palpita con los aportes de otros dialectos.
Dice que el inglés expresa la libertad humana de Inglaterra. Es el desarrollo, el progreso. “Los griegos inventaron la democracia, pero esta llega a primer plano con Inglaterra. El imperio británico fue mundial, mucho más que el griego. En esto fue fundamental el inglés”.
Confirmó su vocación antes de terminar sus estudios universitarios. “Vine en tercer año a Panamá a pasar unas vacaciones. Trabajé en un banco, me entusiasmé y alcancé a decir que iba a regresar al tener mi título”.
Pero fueron superiores cinco años de estudios en Estados Unidos en la época de los cambios radicales. Un período propicio para conocer un idioma desde sus cimientos a través de sus texturas, sus formas dinámicas y contemporáneas, pero también desde su fisonomía compacta.
Escribió una tesis de 500 páginas sobre el poeta inglés John Donne, algunas partes publicadas ya en varios idiomas y objeto de conferencias. Fue tanto el empeño puesto en conocer a Shakespeare y sus amigos, tanto los logros académicos, que “en mi postgrado me pagaron por estudiar. Eso fue en la Universidad de Illinois”.
Hizo también un doctorado en literatura inglesa. “Más adelante me invitaron a enseñar en la Universidad de California y en Canadá. Allá me quedé, primero en Ottawa y luego en Vancouver, hasta hoy”.
Y es posible que a menos de una semana de los carnavales, cuando el país se desboca en el torneo anual de los excesos, allá en Vancouver se encuentre un panameño con un libro de John Donne en una mano y un café en la otra, inmerso en la fiesta solitaria del intelecto.






