El perfil de la mayoría de las víctimas de homicidio en Panamá incluye a jóvenes de entre 10 y 24 años edad, estos últimos en plena capacidad productiva.
De ello dan cuenta cifras del Ministerio Público (MP) y el último informe de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), titulado “La salud de los adolescentes y jóvenes de América: la aplicación de la estrategia regional y el plan de acción regional sobre la salud de los adolescentes y jóvenes 2010-2018.
Estadísticas del Ministerio Público precisan que entre enero de 2015 y noviembre de 2019 se reportaron en el país 614 homicidios de víctimas cuyas edades oscilaban entre 10 y 24 años.
Las cifras detallan que este año, hasta noviembre, hubo 393 homicidios, de los cuales 96 (24.4%) tuvieron como víctimas a adolescentes y jóvenes. Del gran total, 81 víctimas (20.6%) eran jóvenes de entre 18 y 24 años de edad.
El 89% de las 393 víctimas corresponde al sexo masculino.
Las estadísticas del MP también permiten establecer que los años cuando más muertes de adolescentes y jóvenes de entre 10 y 24 años de edad se reportaron fueron 2015, con 152 casos, y 2016, cuando las autoridades contabilizaron 125 casos.
Causas violentas
Estas cifras coinciden con el último informe de la OPS, publicado en marzo pasado, según el cual en América los adolescentes y jóvenes de entre 10 y 24 años de edad no mueren por enfermedades, sino por causas violentas: homicidios, accidentes de tránsito y suicidios. El documento plantea que en esta región, la mitad de todas las muertes se debe a hechos que podrían evitarse.
El organismo categoriza a los adolescentes entre 10 y 14 años de edad, y a los jóvenes de 15 y 24 años.
De los 230 mil decesos que anualmente se reportan en América, el 24% corresponde a homicidios, 20% a accidentes de tránsito y 7% a suicidios, según la OPS.
Panamá no es la excepción y, de hecho, reporta las mismas causas principales de muertes en adolescentes y jóvenes que toda la región, de acuerdo con los datos más recientes del Instituto Nacional de Estadísticas de la Contraloría General de la República, que datan de 2017.
Noemí Castillo, psicóloga y miembro del Consejo Consultivo Ciudadano del Observatorio de los Derechos de los Niños y Adolescentes (Odena), sostuvo que los jóvenes son víctimas de homicidio porque sin la apropiada orientación de los padres, tutores, maestros y/o familiares, pueden ser presa fácil de grupos delincuenciales e incurrir en conductas riesgosas que ponen en peligro sus vidas.
Sostuvo que “como país estamos siendo reactivos y no proactivos con esta situación. Algunas comunidades o grupos organizados o fundaciones están ofreciendo paliativos para desvincular a los jóvenes de las pandillas o para ofrecerles oportunidades a través del deporte o la educación, pero mantenemos un rezago importante de los jóvenes que no trabajan ni estudian. Hay que focalizar programas en este segmento de la población”, opinó.
Aseguró que los más de 100 adolescentes y jóvenes que mueren por año en el país han desertado del sistema escolar y muchos han perdido el vínculo con sus familias, que también los expulsan de su círculo. Además, no tienen competencias para vincularse con el mundo del trabajo y no tienen arraigo familiar ni comunitario.
“En este escenario, las pandillas son las que brindan aceptación a los jóvenes, pero su incorporación implica homicidios, asesinatos, cárcel y una muerte temprana. La tasa de supervivencia no supera los 25 años”, indicó Castillo.
El experto en salud pública Jorge Luis Prósperi coincidió con Castillo en que las estadísticas ilustran una problemática regional.
Subrayó que las muertes de los adolescentes y jóvenes “no se producen al azar” y, más bien, están determinadas por el entorno donde se desarrollan. Por ejemplo, en términos de educación y situación socioeconómica.
En ese sentido, el informe de la OPS cita factores de riesgo que se deben tomar en cuenta. En materia de homicidios, por ejemplo, menciona el bajo rendimiento escolar de los jóvenes, trastornos de conducta, fácil acceso al alcohol, drogas y armas, vivir en zonas con altos niveles de delincuencia y pandillas, y vivir en comunidades con pobreza concentrada.

