La presidenta brasileña Dilma Rousseff enfrenta a partir de ayer la fase final de su juicio político, que probablemente concluirá con su destitución y con la salida de la izquierda del poder en el país más grande de América Latina.
En ese caso el mandato de Rousseff será completado hasta 2018 por Michel Temer, su exvicepresidente devenido en archienemigo, y que gobierna desde mayo, cuando la mandataria de 68 años fue suspendida del poder por acusaciones de que violó normas fiscales, al maquillar el déficit presupuestal.
“Voy a votar a favor del impeachment, que es un instrumento político que nos permite sacarle el poder a quien está haciendo un mal uso de él”, señaló Simone Tebet, del PMDB, las mismas filas de Temer, tras iniciarse los debates en el Senado.
El final de este dramático juicio político ocurre tras meses de tensiones, que han dividido a un país azotado por una recesión galopante, un creciente desempleo (más de 11 millones de personas) y un masivo escándalo de corrupción que pone en aprietos a toda su clase política, tanto de izquierda como de derecha.
“¿Cuál es la moral de este Senado para juzgar a la presidenta?”, lanzó la senadora Gleisi Hoffmann del Partido de los Trabajadores (PT), la fuerza que está al mando del país desde hace 13 años.
Más de la mitad de los 81 senadores que deciden el futuro político de la mandataria están señalados o investigados por causas de corrupción.
Los sondeos indican una tendencia prácticamente irreversible en favor de la destitución, que requiere de una mayoría especial de 54 votos (dos tercios) de los 81 senadores. El lunes será la propia Rousseff la que tomará la posta de la defensa. Una vez concluida, dará paso a la votación final, en la que se definirá si se le impugna el mandato.
“Comienza el día de la vergüenza nacional”, señaló el expresidente Luiz Inacio Lula da Silva (2003-2010), considerado el padrino político de la mandataria, en un acto en Río de Janeiro.
La destitución de Rousseff es también un inesperado final de gobierno para el emblemático PT. Rousseff recibió un país con el legado de una economía pujante que le dejó su padrino político.
En los primeros años de gloria del PT, el país fue elegido para celebrar el Mundial de Fútbol (2014) y los Juegos Olímpicos (2016), los primeros en celebrarse en Sudamérica.
Pero ese boom económico que fue motor de crecimiento para la región comenzó a hacer agua durante el primer gobierno de la exguerrillera. Y hoy ya es historia.
El descontento social creció, las movilizaciones al son de “¡Fora Dilma!” se multiplicaron y la popularidad de la presidenta cayó en picada. La tormenta estalló con las revelaciones de masivos escándalos de corrupción. El mayor y más sonado fue la gigantesca trama de desvío de dinero en la estatal Petrobras, que le costó más de 2 mil millones de dólares a la petrolera.
