La aparición del chamán o médico brujo en las aldeas y poblados más primitivos se pierde en la noche de los tiempos. Y pese a los adelantos de la medicina moderna, este personaje no desaparece ni pasará de moda, mientras siga enraizado en la cultura de la gente.
En pleno siglo XXI, el chamán emberá, mejor conocido como jaibaná, en Colombia, Ecuador y Panamá (Darién), atiende desde mordidas de serpiente, erisipela, cáncer de piel, diabetes y otras enfermedades, hasta conjurar la esterilidad de una mujer, entre otros problemas.
Conoce múltiples hierbas cuyos ingredientes curan esta o aquella patología. Y las que no conoce, las encuentra gracias a sus ayudantes invisibles (espíritus llamados jai) que le revelarán la cura.
En los recorridos hechos por las Tierras Colectivas de Darién, especialmente en Arimae, encontramos a Nelson Quiroz, un emberá nativo del sector de Biroquerá, corregimiento de Jaqué, quien emigró hace años y se instaló cerca de El Tirao, en la vía Panamericana.
Tiene 64 años, de estatura baja y complexión fornida. Allí vive con su mujer, Lucila Opúa, e hijos. Uno de ellos, el mayor, está formándose para ser un futuro médico curandero y jaibaná.
Quiero tener hijos
Nelson nos permitió estar presente en una de sus consultas. Dos jóvenes mujeres llegaron para ser atendidas. Una, con un niño en brazos, pedía protección para el infante, por lo que hizo un ritual para blindarlo contra el mal de ojo u otro infortunio, pidiéndole ayuda a sus dioses.
La otra joven, Auralicia Menguizamá, dijo tener tres años de casada y no haber podido concebir, pese a que su marido ha engendrado hijos con otra mujer.
Viajó desde Boca de Cupe, 200 km al este, casi llegando a la frontera con Colombia, porque le informaron que el “doctor” Quiroz era certero en ayudar para la procreación mediante sus pócimas de bejuco, limpiezas y oraciones. “Espero quedar embarazada pronto”, dijo esperanzada.
herencia
Quiroz tiene 44 años de practicar la medicina tradicional, desde que su padre le enseñó. Así mismo instruye a su hijo mayor, Evaristo, para que ejerza como médico botánico, una vez se retire.
“Siempre que voy a iniciar una cura invoco a mis santos y al Creador (Ankoré), y trato de que el paciente tenga fe para que las curaciones den resultado”, subraya.
Poco conversó sobre sus prácticas como jaibaná, ya que no solo ejerce este arte, sino también es tonguero.
Ser jaibaná implica conocer los secretos de la dimensión invisible para relacionarse con entidades o espíritus, llamados jai, que le servirán para asegurar la curación del paciente o sacar un maleficio. Porque así como los hay bien intencionados, también están los que enferman, matan o hacen el mal, precisa.
Quiroz se considera un médico tradicional que siempre busca hacer el bien y gestionar salud. Y aunque también maneje sus jai, lo hace para asegurar sus tratamientos y lograr la salud del enfermo.
>>> Estado reconoce sus prácticas
Dado que la Constitución Política en su artículo 90 reconoce y consagra la identidad étnica de las comunidades indígenas nacionales, la Ley 22 del 8 de noviembre de 1983 recoge este mandato y lo traduce en el respeto y reconocimiento de la medicina tradicional de nuestros aborígenes. El artículo 114 aborda la protección y vigilancia de la salud del pueblo emberá y wounaan, mientras que el 115 habla de la promoción de estudios, programas y proyectos para proteger y desarrollar la medicina tradicional, normas y centros de investigación botánicos. En esa vía, los jaibanás y médicos botánicos deben estar autorizados por las autoridades tradicionales, que lo comunican a su vez al Minsa. El ministerio ha convenido en que deben reforzar sus prácticas aceptando el control prenatal, vacunación de infantes, y otros cuidados.
Los médicos aceptan que los curanderos atiendan algunas veces en el hospital para ejercer algún ritual curativo, sin que el paciente abandone su cama.