Exclusivo

La deriva geopolítica de Estados Unidos

Mientras se agita el conflicto Estados Unidos-China, los migrantes, el narcotráfico y los gobiernos autoritarios en Latinoamérica atizan el escenario regional.

La deriva geopolítica de Estados Unidos
Esta semana, el presidente Biden tuvo que abreviar su presencia en la Asamblea General de Naciones Unidas, para atender una profunda división entre los senadores y representantes demócratas, que no se ponen de acuerdo sobre el plan económico y social

El 1 de abril de 2001, un avión espía estadounidense que sobrevolaba el mar de China para monitorear unas maniobras militares del gigante asiático, chocó con el ala de un avión militar chino que lo trataba de sacar del área.

El piloto del aparato chino murió, pero el avión espía estadounidense y sus 24 tripulantes tuvieron que aterrizar en una base militar china.

El vergonzoso incidente demostró las fricciones existentes entre las dos superpotencias y que podían escalar mucho más, pero el ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 cambió el enfoque estratégico de Estados Unidos hacia el terrorismo islámico.

Sin embargo, el conflicto entre Estados Unidos y China se ha vuelto a calentar.

Un país atascado

La política interna de Estados Unidos se enfrenta a uno de los momentos más críticos de su historia reciente. El país no puede superar la crisis de la Covid-19, porque al menos unos 80 millones de estadounidenses no quieren vacunarse, a pesar de los más de 2 mil fallecimientos diarios por la enfermedad. Esa situación ha debilitado la recuperación económica del país y afecta su capacidad de liderazgo en el mundo.

El fiasco de la abrupta salida de Afganistán le dio un duro golpe a la popularidad del gobierno de Joe Biden. Sumado al cuestionable trato a los migrantes haitianos en Texas, la percepción internacional es que el país enfrenta un gran desorden e improvisación en sus asuntos públicos.

El presidente Biden tuvo que abreviar su presencia en Naciones Unidas con motivo de la Asamblea General, para atender una profunda división entre los senadores y representantes demócratas, que no se ponen de acuerdo sobre el plan económico y social más ambicioso del último medio siglo.

Los conservadores quieren un plan pequeño, mientras que los progresistas aspiran a un mega financiamiento de 3.5 billones de dólares.

Y mientras los demócratas se despedazan, los republicanos esperan pacientemente las elecciones legislativas de 2022, en las que pretenden recuperar el control del Congreso y descarrilar el gobierno de Biden.

La profunda fragmentación de la sociedad estadounidense se ve reflejada en sus relaciones internacionales.

Según la Asociación del Servicio Exterior Estadounidense (AFSA, por sus siglas en inglés), Estados Unidos tenía, al 13 de septiembre de este año, 98 embajadas vacantes, es decir, sin un embajador formalmente ratificado. La de Panamá es una.

A pesar de que los demócratas dominan el Senado, los republicanos fueron capaces de obtener un “pacto de caballeros” que dilata las ratificaciones de embajadores y otros cargos.

Una misión diplomática sin embajador puede funcionar efectivamente con un encargado de Negocios; sin embargo, su voz dentro de la burocracia no es tan poderosa como la de un embajador designado por el presidente.

Un orden mundial invertebrado

A principios del siglo XIX, las potencias europeas alcanzaron el dominio mundial con su presencia en todos los continentes.

La Inglaterra victoriana sometió a las dos grandes naciones de Asia: China e India. Francia conquistó una parte importante del sudeste asiático y, mientras España perdía sus colonias americanas, Inglaterra y Francia comerciaban con estas, y un joven Estados Unidos se expandía dentro del hemisferio. Occidente dominaba al planeta.

Dos siglos más tarde, lo que fue ya empezó a dejar de ser; y lo que será, todavía no es. Las tradicionalmente poderosas naciones occidentales, lideradas por Estados Unidos, enfrentan varias crisis simultáneamente.

Aunque lo de la Covid-19 es coyuntural, exacerbó las debilidades de los sistemas de salud y obligó a romper el molde con gigantescos programas de ayuda financiera limitados a sus países.

Las naciones occidentales se quedaron con la mayoría de las vacunas y la mano solidaria que necesitaba gran parte del tercer mundo para enfrentar la pandemia y promover la recuperación económica estuvo ausente.

Farid Zacarias, el afamado analista internacional, se quejó duramente en CNN, que el gobierno Biden mantenía para los efectos prácticos la misma política exterior de su antecesor.

Al otro extremo ideológico, Niall Ferguson, profesor de la Universidad de Stanford, le dijo al diario El País que si las cosas seguían como iban en Estados Unidos, Trump regresaría al poder y eso no sería muy bueno para el futuro de la democracia en esa nación.

El conflicto político estadounidense es el resultado de un proceso de acumulación de larga data. La teoría económica que promovió la tercerización y la transferencia de la producción industrial de los países desarrollados hacia los países asiáticos cargaba dentro de sí misma el germen de la destrucción de una sólida clase media blanca que había obtenido importantes avances socioeconómicos. “Nosotros pensamos, ellos sudan”, fue una frase del intrépido Steve Jobs, que recogía la mentalidad detrás de ese concepto. Estados Unidos innovaría y China fabricaría.

Eso no funcionó así. Las decenas de millones de empleos industriales perdidos se transformaron en votantes enojados que caían rendidos a los pies de los cantos de sirena de antiglobalistas como Donald Trump. El Brexit y el trumpismo tienen la misma raíz: rechazo a una sociedad abierta comprometida con el libre comercio, la inclusión racial y una política migratoria flexible.

Los culpables de la erosión de la clase media y los valores tradicionales son siempre los otros, los que pertenecen a otra raza, los que piensan distinto y los que forman parte del estamento de conocimientos, científicos y periodistas.

Un barco sin brújula

Los instintos de Joe Biden son más grandes que los del aparato de gobierno que lo acompaña. El complejo militar-industrial presionó para la venta de submarinos nucleares a Australia para contrarrestar la influencia china. Esto ocurrió al mismo tiempo que Estados Unidos le daba la espalda a la Alianza del Pacífico, un acuerdo comercial de tercera generación que fortalecería las inversiones e intercambios entre un grupo de países de la cuenca del Pacífico, que sí puede contrarrestar el comercio chino.

A su vez, la herencia de las viejas políticas exteriores de Estados Unidos hacia América Latina causa un profundo retraso en el desarrollo de la región. La doble guerra contra el comunismo y contra las drogas ha significado que América Latina haya sacrificado centenares de miles de millones de dólares y miles de vidas combatiendo “cucos” estadounidenses.

América Latina se ha convertido en una fuente de drogas y migrantes. Este es, en parte, el resultado del fracaso de gobiernos latinoamericanos y de una política exterior miope de Estados Unidos desde la postguerra hasta la guerra contra el terrorismo.

En el siglo XX, los grandes líderes del Partido Demócrata crearon la Liga de las Naciones, la Política del Buen Vecino, la Organización de Naciones Unidas, la Alianza para el Progreso y una política exterior basada en los derechos humanos, que le entregó el Canal de Panamá a los panameños y que empezó a desmantelar las dictaduras militares que había fomentado. Incluso, los republicanos promovieron una Iniciativa de la Cuenca del Caribe para atraer inversión y generar empleo en la región.

Hoy, nada de esto existe. Venezuela sigue en un callejón sin salida, el triángulo norte de Centroamérica va camino a convertirse en una zona de dictaduras y los empobrecidos países que tratan de mantener sus democracias se enfrentan al espectro de que los carteles del narcotráfico capturen sus gobiernos, o que un populista de la ideología que sea capture la historia de sus países.

Si en América Latina llueve, en África no escampa. La última década ha sido un retroceso de la democracia, un retorno a la hambruna en Etiopía, una prolongación de la guerra civil en Sudán, la continuación de los secuestros y violaciones de niñas estudiantes en Nigeria, y una multitudinaria migración en pateras, cayucos y casi cualquier cosa que flote para llevar africanos subsaharianos hacia Europa.

Estados Unidos no es la policía del mundo. Sin embargo, sí ha sido el banco, el juez, el fiscal y el factor decisivo en las políticas de seguridad de gran parte del mundo. Hoy, más que nunca, las democracias y los derechos humanos de gran parte del planeta necesitan de un amigo que asuma su responsabilidad y que, a su vez, prepare el camino para la transición política, económica, tecnológica, ambiental y demográfica que enfrenta el mundo en este siglo.

Biden y sus demócratas tienen muy poco tiempo para poner su casa en orden antes de que el fantasma del autoritarismo republicano regrese.


Última Hora

  • 22:32 Brasil sucumbe ante Haaland y se despide en octavos Leer más
  • 21:51 Cómo la lengua hizo posible que los animales salieran del mar y vivieran en la tierra Leer más
  • 21:28 Suben a 3,342 los fallecidos y a 16,740 los heridos por los terremotos en Venezuela Leer más
  • 21:22 ¿Presiones de Trump? La FIFA suspende la sanción por tarjeta roja a Balogun y podrá jugar contra Bélgica Leer más
  • 20:39 Misión cumplida: rescatistas panameños regresan al país tras labores en Venezuela por los terremotos Leer más
  • 20:30 Sorteo del 5 de julio de 2026 Leer más
  • 19:32 Del Toro triunfa en Montjuic y Vingegaard mantiene el liderato en el Tour Leer más
  • 19:28 José Caballero, el guerrero de los Yankees de New York Leer más
  • 18:48 Más de 800 personas están en albergues por las lluvias en Panamá que dejan un fallecido Leer más
  • 18:37 Fiscalía de Cuentas busca más poder para investigar posibles lesiones al Estado Leer más