Kevin Casas-Zamora, secretario general del Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA), analiza los avances y retos que enfrentan las democracias en América Latina y califica la pandemia de la Covid-19 como “una maestra muy severa”.
En esta entrevista con La Prensa, advierte que los impactos más significativos de la pandemia en la democracia están por verse.
¿Cuáles son los principales hallazgos del informe del estado de la democracia en las Américas?
El informe trata de establecer cuáles han sido las consecuencias políticas de la pandemia para los sistemas democráticos. Estamos viendo una disminución en el número de democracias en el mundo y la calidad de las democracias se está deteriorando de forma muy alarmante en el mundo. Según nuestra data, en este momento el 43% de las democracias del mundo experimenta erosión democrática. El instrumental utilizado por regímenes autoritarios para subvertir la democracia ha crecido en sofisticación.
En cuanto a lo positivo, por un lado, la pandemia ha demostrado la capacidad de los países democráticos para celebrar elecciones creíbles y robustas en condiciones dificilísimas. También se dio una exposición de activismo cívico. Casi el 80% de los países del mundo ha visto movimientos sociales y de protesta en los últimos dos años, pese a las restricciones. Estos dos componentes nos dan algo con lo cual trabajar de cara al futuro, para revivir el proyecto democrático.
Panamá está calificada en el índice como una democracia de desempeño medio. ¿Cómo se avanza?
La pandemia ha dejado claro que América Latina hace elecciones y las hace bien. El gran problema es, por un lado, la debilidad del Estado de derecho y, por el otro, la debilidad del Estado para responder, particularmente en situaciones de crisis, y garantizar el acceso mínimo a derechos económicos y sociales de la población. En el fondo, el tema es cómo hacemos para que las democracias le resuelvan problemas reales a gente real. Esa es la clave del futuro de la democracia. Si no, la legitimidad va a sufrir.
¿Se puede hablar entonces de democracias superficiales?
En el ámbito electoral, la región ha avanzado y no hay que minimizar eso. Es una región donde hasta hace poco el poder se dilucidaba en cuarteles militares o en la montaña. A lo largo de la última generación, hay un consenso de que la única manera legítima de acceder al poder es a través de elecciones libres, creíbles y transparentes. Sin embargo, otras dimensiones de la democracia están mucho más descuidadas. La pandemia ha sido una maestra muy severa para enseñar donde están los problemas que hay que resolver.
¿Son las democracias más efectivas en el manejo de crisis como la pandemia?
Nuestra investigación revela que, como mínimo, podemos decir que los sistemas autoritarios no son mejores. Creo que hay muchas áreas, particularmente en América Latina, de esa respuesta que han revelado debilidades muy grandes. Por ejemplo, las debilidades de los sistemas de salud pública, temas de transparencia, el ejercicio de poderes de emergencia, la invitación a la fuerzas armadas para asumir funciones civiles en el contexto de esta crisis. Todos estos son llamados de atención.
En el informe se menciona el reto que supone para los países de América Latina llegar a consensos. En Panamá lo vimos con las reformas constitucionales y electorales. ¿Cuáles son las causas?
Una de las debilidades de los sistemas democráticos de América Latina es la carencia de mecanismos institucionales para construir grandes acuerdos políticos y sociales. En la mayoría de los países, el único espacio institucional es el congreso y estos están tremendamente debilitados en términos de credibilidad. Hay una tarea pendiente para construir esos foros, lo cual es una tarea cada vez más complicada. Esto, porque la otra cosa que estamos viendo a nivel global son los crecientes niveles de polarización política. Por eso, resulta tan interesante el caso de Chile. No se qué va a salir de ahí, pero sospecho que lo que salga va a tener un impacto más allá de Chile. En los últimos años, nos hemos pasado diciendo: ‘es que hay que renegociar el contrato social’. Ahí tenemos un caso concreto que está teniendo esa conversación, por lo cual vale la pena darle seguimiento.
¿Qué implicación tiene la declaración de estados de emergencia para las democracias de la región?
La gran mayoría de las democracias del mundo invocaron poderes de emergencia para lidiar con la crisis, lo cual es absolutamente legítimo. Diría que el impacto de la invocación de poderes de emergencia no ha sido terriblemente negativo en América Latina. Lo que ha sido muy visible es que algunos países han invocado esos procesos por periodos muy prolongados y de forma indefinida.
¿Cómo pueden las democracias hacerle frente al impacto que tendrá la crisis económica?
Primero, tenemos que retomar con mucha fuerza en América Latina la agenda de gobernabilidad democrática. Si nos preocupa la calidad de las democracias y la capacidad de estas para resolverle problemas a la gente, nos tiene que preocupar el diseño institucional. Segundo, está el tema de una buena administración pública y la gerencia pública. Sin un Estado con capacidad gerencial, es imposible devolver servicios públicos y bienes públicos de calidad a la población. Tercero, hay que plantearnos el tema de la fiscalidad. En América Latina, las cargas tributarias son más bajas que en los países desarrollados y además generadas de manera mucho más injusta. Considero que una parte esencial de la respuesta a la crisis es un replanteamiento del sistema tributario. Y cuarto, es evidente que una parte crucial de la capacidad de los gobiernos para enfrentarse a una crisis depende de la confianza que tenga la ciudadanía en las instituciones. No hay forma de construir esa confianza mientras no se enfrente con algún nivel de éxito la epidemia de corrupción y de impunidad por la corrupción.
¿Por qué no se ha tenido éxito en la lucha por restituir la democracias en Venezuela y Nicaragua?
El gran problema que estamos enfrentando en términos de proveer la democracia y de prevenir el deterioro democrático es que los gobiernos que pisotean los derechos democráticos de su población no sufren ninguna consecuencia. Los mecanismos de protección de la democracia están pensados para amenazas del pasado. Por ejemplo, la Carta Democrática Interamericana fue pensada para enfrentar golpes de Estado militares o fraudes descarados. La gran diferencia con lo que ha pasado en los últimos 15, 20 años, es que estamos viendo gobiernos democráticamente electos que se convierten en perpetuadores. Contra eso, no hemos encontrado vacuna efectiva. Las cláusulas de protección de la democracia están pensadas para un conjunto de amenazas que ya no existen o que ya no son tan relevantes y ya no ofrecen anticuerpos contra las amenazas que realmente vemos todos los días.

