En el muy apagado bicentenario de la independencia de Panamá de España en 1821, han faltado las oportunidades para la reflexión sobre sus protagonistas y la construcción de una identidad nacional.
Los rebeldes de 1821 fueron para la época una mezcla de sabiduría, producto de la edad de algunos próceres, combinada con el brío de la juventud de otros.
En 1821, el coronel Segundo Villarreal, líder de la gesta santeña del 10 de noviembre, tenía 60 años de edad, mientras que el jefe militar encargado de todo el istmo, el coronel José de Fábrega, tenía 47 años.
Ambas edades eran consideradas muy avanzadas para la época. Sin embargo, la sangre juvenil de Mariano Arosemena, de 27 años de edad; la de José Vallarino Jiménez, de 26 años; y la de otro joven veinteañero, Manuel J. Hurtado padre, quien redactó el acta de independencia de ese 28 de noviembre de 1821, marcaron el nacimiento de la vida republicana de esta Nación.
Durante ese año de 1821, Mariano Arosemena había iniciado la publicación del primer periódico panameño: La Miscelánea del Istmo. Es fácil imaginar a este prócer jugando con su pequeño hijo de 4 años, Justo Arosemena, en el transcurso de los primeros días de ese experimento.
Por su parte, apenas tres días después de la independencia, el joven Manuel José Hurtado padre vio nacer a su primer hijo, del mismo nombre, que llegaría a ser ingeniero y se convertiría en padre de la educación panameña, estableciendo escuelas públicas para la educación primaria gratuita de los varones, y posteriormente la Escuela Normal de Señoritas.
Para la independencia de 1903, el panorama era muy distinto.
El doctor Manuel Amador Guerrero tenía 70 años de edad cuando formó parte del movimiento independentista, mientras que los miembros de la Junta Provisional de Gobierno también tenían edades avanzadas. José Agustín Arango tenía 62 años; Federico Boyd, 52; y Tomás Arias, 47. Igual edad tenía el redactor del acta de independencia, el jurista Carlos A. Mendoza.
Como se dijo, todas estas edades eran consideradas avanzadas, ya que la esperanza de vida para 1900 en la región latinoamericana era tan solo de 29 años, de acuerdo con un estudio de la Organización Panamericana de la Salud (OPS).
Los bríos juveniles que acompañaron la independencia de 1821 representaban el abrazo a una era de cambios, nuevas tecnologías y grandes ideas.
En contraste, la independencia de 1903 fue impulsada por la senectud. El tiempo de conclusiones personales que llevan a una acción dramática, producto del agotamiento de la esperanza frente a la experiencia repetida de los fracasos anteriores.
No estamos acostumbrados a pensar que un médico patricio de 70 años de edad se transforme en un revolucionario, pero es precisamente esa contradicción la que marca el nacimiento de una Nación.
La edad es un indicador de comportamientos y de actitudes. Se supone que los jóvenes son inconformes y los viejos están resignados. Pero la historia de Panamá demuestra —una y otra vez— que esas categorías no se aplican a este país.
Esa es una lección de este bicentenario, que, en medio de la pandemia del nuevo coronavirus y una crisis del Estado panameño, tanto los jóvenes como los adultos mayores son capaces de rebelarse para crear algo nuevo y, sobre todo, mejor.


