El mundo se rinde ante la muerte de Ali

Muhammad Ali, considerado uno de los mejores boxeadores de todos los tiempos, ícono del deporte mundial y cabecilla de causas religiosas y políticas, murió a la edad de 74 años.

El mundo se rinde ante la muerte de Ali
Ali golpea con fuerza a George Foreman en Kinshasa, Zaire.

Muhammad Ali, considerado uno de los mejores boxeadores de todos los tiempos, ícono del deporte mundial y cabecilla de causas religiosas y políticas, murió a la edad de 74 años.

Diversas personalidades, incluyendo al presidente de Estados Unidos, Barack Obama, expresaron públicamente su pesar por el fallecimiento de la leyenda del boxeo.

Fue rápido de pies y manos, y también con la boca, un campeón del peso completo que prometió sorprender al mundo, y así lo hizo.

Más que todo emocionó, incluso después, cuando pagó cara la acumulación de golpes y su voz era apenas un susurro. Fue Muhammad Ali. Fue El Más Grande.

Ali falleció el viernes a los 74 años, informó su familia. Fue hospitalizado en el área de Phoenix con problemas respiratorios al inicio de la semana y sus hijos viajaron desde varios puntos de Estados Unidos para estar con él.

“Es un día triste para la vida, hombre. Amaba a Muhammad Ali, era mi amigo. Ali nunca morirá”, declaró a The Associated Press el sábado por la madrugada Don King, quien promocionó algunas de las más grandes peleas de Ali.

“Como Martin Luther King, su espíritu vivirá por siempre”.

El funeral será en su ciudad natal de Louisville, Kentucky, el próximo viernes.

Una de las hijas de Ali describió los últimos momentos de vida de él en una publicación en Instagram.

Dijo que su corazón siguió latiendo durante unos 30 minutos después que todos sus otros órganos habían dejado de funcionar.

Hana Ali indicó que la familia estaba alrededor de su padre, abrazándolo y besándolo, agarrándole las manos y entonando una oración musulmana, mientras su corazón seguía latiendo.

“Nadie había visto algo así. Un verdadero ejemplo de la fuerza de su espíritu y voluntad”, escribió.

“Conmocionó al mundo, y el mundo es mejor por eso”.

Con un ingenio tan agudo como sus puñetazos, Ali dominó el boxeo durante dos decenios antes que la enefermedad de Parkinson, causada por miles de golpes a la cabeza, destruyese su cuerpo, enmudeciese su voz y pusiese fin a su carrera en 1981.

Ganó y defendió su título pesado en combates épicos y escenarios exóticos, habló enérgicamente en favor de los negros y se negó a ser conscripto en el Ejército durante la Guerra de Vietnam por sus convicciones musulmanas.

Pese a su debilitante enfermedad, viajó por todo el mundo y encontró calurosas recepciones, incluso cuando su una vez poderosa voz fue reducida a un susurro y se vio limitado a comunicarse con un guiño o una sonrisa débil. Fue reverenciado por millones en todo el mundo y vilipendiado por muchos más.

Nunca se cansó de acuñar frases ingeniosas, como cuando se describió a sí mismo, con 1.90 metro y 95 kilogramos, diciendo: “Floto como una mariposa y pico como una abeja”. Y justamente fue lo que hizo, una manera de pelear nunca antes vista en la división de los pesos completos.

Peleó a lo largo de tres décadas diferentes y finalizó su trayectoria con un récord de 56-5 y 37 nocauts — 26 de esas peleas con la promoción de Bob Arum — y fue el primer púgil en ganar tres veces el título de la máxima división del boxeo.

Venció abrumadoramente al temible Sonny Liston, desafió los pronósticos para imponerse a George Foreman en Zaire y casi peleó hasta la muerte con Joe Frazier en las Filipinas. Todo ello con una pintoresca comitiva que agigantó su leyenda.

“Retumba, muchacho, retumba”, le decía su asistente Bundini Brown desde su esquina. Y eso fue lo que hizo Ali. Peleó contra todos los mejores en su división, y se ganó millones de dólares con su centelleante jab. Sus combates fueron tan memorables que tuvieron nombres, como “Rumble in the Jungle” y “Thrilla in Manila”.

Pero fueron sus payasadas — y sus declaraciones — fuera del ring las que transformaron al hombre bautizado Cassius Clay en el astro Muhammad Ali.

“Soy el Más Grande”, dijo una y otra vez. Muy pocos se atreverían a contradecirle. Ali le dio la espalda a la sociedad blanca al adoptar la religión musulmana y cambiarse el nombre.

Desafió el llamado a filas durante la Guerra de Vietnam —“Yo no tengo problemas con el Vietcong”— y perdió tres años y medio del momento cumbre de su carrera. Fascinó a líderes mundiales, diciéndole una vez al presidente filipino Ferdinand Marcos: “Vi a tu esposa. No eres tan tonto como pareces”. Más adelante se embarcó en una segunda carrera como misionero del islam. “El boxeo fue mi trabajo, la primera parte de mi vida”, dijo en 1990, y añadió su típica fanfarronería: “Voy a ser el mejor evangelista de la historia”.

Ali no pudo cumplir ese objetivo porque el Parkinson le robó el habla. La enfermedad se cobró un saldo tal en su cuerpo que verlo en sus últimos años — tembloroso, con su rostro congelado, el hombre que inventó el paso de Ali ahora apenas pudiendo caminar — sorprendió y entristeció a quienes le recordaban en su época de gloria.

El silencio de los últimos años de Ali fue un marcado contraste con el rugido de una carrera que tuvo picos impresionantes y caídas estrepitosas.

Cassius Marcellus Clay nació el 17 de enero de 1942 en Louisville, Kentucky, y comenzó a boxear a los 12 años después que le robasen su bicicleta nueva.

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