El calor de barrio recorre Calidonia. Fluye por sus avenidas anchas y coloridas, por sus puestos de comida, sus almacenes populares, por su gente y sus gritos desde el balcón descascarillado.
Calidonia permanece como el barrio de antaño que aún es, un lugar donde en la esquina una mujer de pelo teñido de rubio vende guacho de mariscos, donde una negra de pelo aceitoso pinta las uñas sentada en un cubo de pintura blanco, donde un hombre de 70 años con gorra de los Yankees de Nueva York lustra los zapatos negros del abogado que recién empieza y que pasa la mayor parte de su día en la calle.
Es el barrio en el que se anuncian pócimas de amor, donde se juega la lotería, se hacen trámites, se camina, se juega dominó, se almuerza por menos de $3, se vive en apartamentos cómodos.






Sus edificios aún guardan huellas de los años que fueron: La Exposición, los Archivos Nacionales, el parque Porras, la Gobernación, el Hatillo, el antiguo Ministerio de Hacienda y Tesoro.
Confluye el centro de la metrópolis en un lugar atestado por oficinas y que en la tarde queda desierto. Entonces se ven los niños que juegan en los parques, la pelota que cruza la calle y obliga a frenar a los autos. El momento en el que deja de ser núcleo comercial y despierta la nostalgia del barrio que fue. Y que aún es.
