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GUILLERMO SÁNCHEZ BORBÓN

Las ocurrencias de un poeta travieso

Hay dos anécdotas que muestran el lado relajado y socarrón de Guillermo Sánchez Borbón, que completan la imagen del poeta, intelectual y periodista.

Una de las cosas que más valoraba Guillermo era su “anonimato”, poder andar libre y escuchar a la gente real sin intermediarios.

Eso lo libró de muchos peligros y generó varios episodios cómicos.

En una ocasión, ya bien entrada la tarde, más o menos a la hora en que Guillermo venía llegando al periódico, una turba oficialista montó una “protesta” en la isleta frente al diario. Llamaban a voces a Sánchez Borbón, y vociferando insultos, le amenazaban con una golpiza por los dardos que a diario salían de su columna.

Algunos de los periodistas y prensistas salimos a ver qué causaba esa batahola, en parte por curiosidad y en parte para estar prevenidos ante otra agresión. Para nuestra angustia, aparece Guillermo, con su imperdible cartucho de pan, y campante cruza hasta la isleta, se acerca a uno de los “manifestantes” e intercambian algunas palabras, sin señal de animadversión. Luego, se abre paso hasta el frente del grupo y uniéndose al coro de improperios, empieza a gritar: ¡Que salga ese hijueputa de Sánchez Borbón! ¡Que dé la cara! ¡Sinvergüenza!, y otras florituras.

Lo que había sido espanto se convirtió en sorpresa y estallamos en carcajadas que desconcertaron a los quejosos que, desarmados, poco a poco se dispersaron, hasta que Guillermo quedó solo en medio de la isleta. Miró hacia los lados para verificar que no venían carros y cruzó la calle como si nada. Ni bien puso un pie en la escalera nos increpó: ¡Ustedes no dejan de buscar pretextos para no trabajar! ¡Pa arriba, vagos!

El vacilador y el bardo

Una noche, me topé en la puerta de la Redacción con una señora ya madura que preguntaba por el poeta Guillermo Sánchez Borbón.

Le brillaban los ojos y me comentó que estaba muy emocionada porque finalmente iba a conocer a su ídolo, aquel caballero tan fino que podía escribir versos exquisitos. Nadie había anunciado a la visitante, así que, ignorando que había “visitas” en casa, Guillermo estaba en su modo vacilador diciéndole toda clase de atorrancias a alguien muy cerca de la puerta. Yo entré primero, pero no tuve tiempo suficiente para advertirle. Estiró toda su humanidad hacia mí y empezó a gritar como un energúmeno, hasta que haciéndome a su lado, le dije: la señora viene a conocer a su escritor favorito, el excelso poeta Guillermo Sánchez Borbón. Éramos una escena de bodevil. Yo me ahogaba de risa, luchando por no desternillarme ahí mismo al ver la cara que puso Guillermo al leer la decepción y la sorpresa en el rostro de su admiradora, que apenas podía comprender que el autor de versos sublimes fuera el “patán” que tenía frente a ella.

Enseguida se desprendió del personaje cómico con el que disipaba la tensión en la Redacción y volvió a ser el bardo para ella, que al irse había recobrado el brillo en los ojos.

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