El reloj marca las 11:32 de la mañana en la plaza 5 de Mayo. El ruido se incrementa conforme pasan los minutos. Los rayos del sol cambian los gestos de la gente.
El vendedor de granos en paquete grita sus promociones. Otro entrega toallas para el sudor a un taxista. Se desesperan los conductores que lo anteceden quienes mandan a volar la tolerancia y se dedican a pitar.
Como si fuera poco, un niño añade sus gritos de llanto. El estrés conquista la plaza 5 de Mayo. La sensación parece desmentir el reciente estudio que presentó la Organización de las Naciones Unidas, que coloca a Panamá como uno de los países más felices y pacíficos del mundo.
La contradicción se ahonda. A unos metros de la 5 de Mayo se levanta una estatua. Es la figura del abogado, político y líder espiritual indio Mahatma Gandhi. Domina un pequeño parque de tierra y cemento.
Gandhi transmitió paz y tranquilidad. Buscó hacer ciudadanos en los que predominase la tolerancia. Ese valor fue uno de los legados que dejó al morir asesinado el 30 de enero de 1948.
Su réplica física de la 5 de Mayo trata de mantener ese mensaje en una población que con el pasar de los años se hace más reacia a la vida en comunidad.
Gandhi nació el 30 de octubre de 1869 y se caracterizó desde joven por liderar grupos. Perteneció a movimientos nacionalistas e instauró métodos de lucha social novedosos y no violentos, como la huelga de hambre. Siempre repudió la lucha armada.
Con este concepto claro, participó en 1931 de una conferencia en Londres donde reclamó la independencia de la India. Así se fue abriendo camino para tratar de inventar un mundo amante de la paz. De ahí el contraste en la 5 de Mayo.
La Sociedad Hindostana de Panamá donó, en 1969, la estatua de bronce del líder indio. En septiembre de ese año, bajo el régimen militar, se inauguró el pequeño parque dedicado a su memoria, en un predio cedido por el Estado para tal fin.
En 1983, la Sociedad Hindostana realizó colectas para mejorar el lugar. Revistieron el pedestal y el piso con mármol y colocaron pensamientos sobre la vida del pacifista.
Cuando la empresa Pycsa empezó a construir el corredor Norte, entre 1996 y 1998, trató de eliminar el parque, porque según los representantes de esta empresa, las entradas y salidas del mismo pasaban justamente donde está el monumento.
Una vez más, la Sociedad Hindostana se movilizó y evitó la destrucción del memorial.
La intranquilidad que se vive hoy en este lugar la comprobó Luz Mari Villasiña. Esta joven de 28 años confiesa que cinco horas, en su primer día del nuevo trabajo, son suficientes para sentir estrés a borbotones. “Desde que llegué no hay un segundo que no pase un auto, ni que deje de sonar un pito”.
Desempleada, Villasiña decidió inaugurar un pequeño negocio de venta de ensaladas de mango a orillas del parque. Sus herramientas: una carretilla, un torno que pela frutas y una sombrilla. Todavía a sus oídos les cuesta adaptarse al ambiente.
Rubén Darío Miranda sí recuerda a Gandhi. Lamenta que su figura repose en un parque ajeno a su inspiración. Mientras vende sus churros, a tres por un dólar en medio del ruido y el sol, explica que en el parque hay peleas y fuertes discusiones a diario.
“El lugar de esta estatua debe ser más tranquilo, aquí en la 5 de Mayo pienso que va en contra de la filosofía de este líder”, sostiene.
Según este vendedor, los tiempos no han cambiado en la 5 de Mayo. Desde hace 30 años “resalta por ser uno de los puntos más ruidosos de la capital”, asegura.
El bullicio de la plaza es tal, que muchos comerciantes se ven obligados a buscar “técnicas” que permitan continuar su jornada. Uno de ellos es Boris Castro.
Trabaja en el área desde 1990. Repara relojes de todas las marcas, “a precios módicos”.
A lo largo de 25 años, este empírico de los relojes ha sabido ignorar el caos para darle un orden cronológico a su trabajo. Llega pasadas las 10:00 a.m., almuerza después de las 2:00 o 3:00 p.m., aprovecha las 5:00 p.m. para cerrar las últimas ventas y se va a las siete de la noche, cuando se despide del hombre del bastón. En la plaza 5 de Mayo, junto con sus destornilladores y lupa, Castro logró sustentar un hogar de cuatro hijos.
Los que trabajan o pasan por el lugar luchan a diario contra el ruido, el caos, el humo de los vehículos, el sol y la lluvia. Su consuelo es Gandhi.

