El fútbol permite el retrato de las tendencias migratorias en la aldea global. Refleja la integración de razas y credos. El actual campeón del mundo, Alemania, incluyó en su equipo ganador a los polacos Klose y Podolski, y sumó a Khedira, con ancestros tunecinos, y a Özil, descendiente de turcos. España incorporó a Diego Costa en 2014, y en el medio campo tiene a David Silva, de madre japonesa y padre de las islas Canarias.
Pero es Francia la selección con más naturalizados. El equipo galo ha convocado en diferentes encuentro recientes a Raphaël Varane y a Loïc Rémy, ambos con padres de Martinica; al centrocampista Blaise Matuidi, cuyo progenitor nació en Angola; al defensor Eliaquim Mangala, de padres de la República Democrática del Congo; al centrocampista Rio Mavuba, con sangre del Congo y de Angola; Karim Benzema, de padre argelino; Paul Pogba, descendiente de Guinea, y a Matthieu Valbuena, de padre español. En fútbol, el color, el origen o el credo, están de más.