Las exequias por el sacerdote católico asesinado hace una semana, por dos yihadistas en su iglesia del noroeste de Francia, tuvieron lugar ayer en la catedral de Ruán, en una atmósfera de recogimiento y entre fuertes medidas de alta seguridad.
El féretro, llevado por cuatro personas, fue ingresado al templo precedido y seguido por una procesión de prelados ataviados en blanco y violeta, colores de duelo.
Unas 2 mil personas, en el interior de la catedral gótica y en el exterior, pese a la lluvia, acudieron para rendir homenaje al padre Jacques Hamel, de 85 años, degollado mientras celebraba una misa matinal para cinco feligreses.
Esta muerte cargada de simbolismo, ejecutada a sangre fría por dos jóvenes franceses de 19 años en nombre de Estado Islámico (EI), ha conmocionado a Francia, entre los cristianos, pero igualmente a toda la población. Numerosos musulmanes han rechazado el bárbaro acto.
El padre Jacques Hamel era conocido localmente, sobre todo, por su implicación personal en el diálogo interreligioso con los musulmanes de esta ciudad del sur de Francia, con 28 mil habitantes.
