Sin duda, la gran cantidad de jóvenes que hay en el padrón electoral es, a simple vista, una cantera de votos importante para cualquiera de los futuros candidatos y candidatas presidenciales en 2019.
Se trata de una población cuyo período de socialización política siempre tuvo como marco un régimen democrático, y para quienes los referentes históricos que antes articulaban las identidades políticas y el voto tienen poco o ningún significado.
Asimismo, han crecido con acceso permanente a las tecnologías de la información, lo que les hace más incrédulos que las generaciones anteriores. Quizás por eso su poco apego al voto, reflejado en una abstención por encima del promedio nacional.
Sin embargo, para ser decisivos en el resultado de una elección se necesita, más que constituir una mera comunidad demográfica, convertirse en un actor político. Este salto implica compartir objetivos comunes y organizarse para tomar decisiones y procesar sus conflictos internos. Es decir, la clave de la importancia electoral de la juventud es más cualitativa que cuantitativa.
Convertirse en actor político es lo que para la juventud haría la diferencia entre ser sujeto de fácil manipulación, o definir, no solo los resultados de las elecciones, sino su propio futuro.
El autor es politólogo