La ininterrumpida secuencia de inéditos eventos que arrancaron en marzo de 2020 como resultado de una voraz pandemia corresponden a numerosas decisiones basadas en ensayo y error.
La preocupación del equipo de gobierno era evitar el colapso del sistema de salud que amenazaba el modus vivendi de un país y atentaba contra los héroes vestidos de blanco que defendían sin cuartel en hospitales a un pueblo amenazado.
Ante el desconocimiento y la falta de evidencia científica, sin mencionar la ausencia de una vacuna que permitiera aplacar el avance de la Covid-19, se presentó el confinamiento como la más lógica alternativa, acompañado de restricciones de movilidad con base en el género, número de cédula, horas del día, etc.
Los toques de queda se convirtieron en norma cotidiana y la condena de niños y jóvenes a perder incontables días de escolaridad fue inevitable.
El impacto económico del cierre impuesto a la vida como la conocíamos llevó al más alto desempleo que el país ha vivido en tres décadas.
Nunca antes había proliferado la informalidad como hoy día y la capacidad de acceso al crédito que en otrora era relativamente fácil se ha convertido en un lujo reservado para aquellos privilegiados. Algunos segmentos de la economía nacional, como la gastronomía atada al turismo, tardarán años en recuperarse.
El confinamiento y el toque de queda radical hicieron sentido como medida de emergencia hasta tanto la ciencia inició su contraataque aprendiendo cómo se contagia la enfermedad.
Se entendió en su momento el miedo que empujaba ciertas decisiones, pero las condiciones han cambiado en los últimos meses con el desarrollo de vacunas de la mano con la decidida acción del gobierno por proveer a toda la población de estas.
El golpe trascendental en lo económico causado por el confinamiento más severo vivido en la región no será sencillo de contrarrestar.
Guiados por la evidencia científica y por el efecto innegable de las vacunas es momento de considerar la liberación del toque de queda, como paso necesario para poner en práctica la convivencia con un virus que no desaparecerá de nuestro día a día.
Ese es el tipo de esfuerzos coordinados que crearán las condiciones para que el despertar económico que necesita Panamá para crear al menos 200 mil plazas de empleos en los próximos años empiece de una buena vez.
Las restricciones de movilización tienen un costo monetario que no es difícil de calcular.
Pero el costo de alumnos sin acudir a aulas de clases o el precio de la fragilidad en salud mental que aumenta diariamente son elementos más complejos que no pueden resolverse de manera simple o cayendo en el sesgo binario de cerrar un país o no para seguir adelante con la esperanza de que lo que viene será mejor.
*El autor es economista
