Cuando uno cree que la imaginación de un político no da más para hacer negociados con la plata del Estado –nuestra plata–, la realidad nos abofetea. La pandemia tiene de rodillas al mundo y, cuando salgamos de ella, muchos seremos más pobres, otros más ricos, entre ellos, algunos políticos, auxiliados de “empresarios” que han visto en la mayor desgracia del mundo de las últimas décadas su oportunidad de abultar sus bolsillos, con la descabellada certeza de que somos unos ignorantes, incapaces de diferenciar entre una compra y un robo.
La verdad es que yo quisiera que hubiese vacuna contra un mal que carcome al mundo desde que el hombre gobierna sobre otros: la codicia, ese potentísimo motor que hoy hace funcionar la maquinaria de compras del gobierno. Hay historias de héroes, desinteresadas personas que marchan al frente en esta guerra, mientras descarnados políticos se protegen en la retaguardia, cual carroñeros al acecho del dinero de los que caen o están por caer.
No han dado tregua, ni por misericordia. La ayuda humanitaria –escasa y mal organizada– llega primero a los amigos y familiares de los políticos. Lo que sobra, a a los que le dieron el voto, y si algo quedó, entonces puede que llegue a los más necesitados. Hay excepciones, pero abunda tanto lo primero, que uno concluye que es la regla. Luego están los que, a través de cómplices, roban el dinero que el gobierno ha pedido prestado –y que todos tendremos que pagar– para hacer frente a lo que el Presidente Cortizo bautizó como el “virus de la muerte”.
Y, ante nuestro peor escenario, están los miserables: esos que fomentan el caos y desasosiego para convertirse en los “héroes” de la pandemia. Maquillan sus mezquinos objetivos con discursos incendiarios que aplauden la quiebra de empresas; destruyen reputaciones de terceros con tal de que prevalezca la de ellos, que brilla como el oro, pero purulentas y putrefactas.
Sí, hay enfermedades que son peores que el coronavirus, que infectan y destruyen el alma, que contagian a esos incautos que ya sufren de un males crónicos: como la ignorancia o la insensibilidad. Critican, pero su hipocresía revela la conciencia de un sociópata, la personalidad del oportunista, ciegos por su exacerbado egocentrismo. Así son algunos de nuestros más ilustres “héroes” pandémicos.
El mundo cambiará después de esta tragedia y espero que algunos hayan comprendido el alcance de la más estúpida frase con la se justifican a estos ladrones de cuello blanco: “robó, pero hizo”. Esa plata robada es la que hoy nos hace falta para la gente que no tiene qué comer; es la plata con la que algunos se hacen más ricos, lucrando de las miserias que provoca el virus; es el néctar que corrompió a los de ayer, los de hoy y los del mañana. Sinceramente, espero que la necesidad haya resucitado la conciencia de esos que insisten en vivir y regocijarse en el mundo de lo absurdo.