Sábado picante

Sábado picante

La cobardía tiene muchas caras, y casi todas son reconocibles. Irónicamente, una de esas caras es el anonimato. Sé de varios –especialmente en el campo del periodismo– que, escondidos detrás de una identidad falsa o del anonimato, se erigen en paladines de una justicia que, por más que intentan ocultarlo, dejan ver con claridad quién es su dueño. Están lejos de cometer el crimen perfecto, porque además, su capacidad neuronal es inversamente proporcional a su valentía. Y como su valentía es del tamaño de un germen, su inteligencia es la de un virus. Esa es la razón por la que todo lo que sale de sus bocas -conectadas al virus que tienen por cerebro- no puede ser más que letalmente tóxico.

Y en tiempo de pandemia han florecido. Hace poco vi un video, cuyo autor es el ejemplo de cómo las sinapsis de sus neuronas solo sirven para cometer errores. Las imágenes las envió en la dirección equivocada y -¡horror!- terminó en las redes sociales. Mostraban a un antiguo periodista que ha renunciado a firmar sus elucubraciones investigativas, sus “descubrimientos periodísticos”, pues imagino que no quiere ver su inmaculado nombre mezclado con esos bodrios que le envían, o de los que debe tomar nota para darle un barniz noticioso y enmascarar la propaganda, confiado de que nadie lo reconocerá.

Luego, el dueño del circo, o sea, el autor intelectual del bodrio, el cerebro de la maleantería, caminando por la vereda tropical, se encuentra en redes sociales –¡qué casualidad!– la “investigación” que él mismo armó y que el otro escribió. El siguiente acto es elogiar y distribuirla a sus seguidores. Y como guerra es guerra, los ataques también pasan por la pluma de otro compinche, un capitán artillero, que siguiendo instrucciones de su general, dispara un par de glositas tóxicas, cuyo alcance no pasa de sus pies, sin más daño que al propio gatillero suicida.

Otros, que saben que el ataque anónimo mata como una pistola de papelillo, eligen un nombre falso y se autoproclaman “comunicadores sociales”, un término tan amplio que cualquiera en Twitter es un comunicador. Si, al menos, se calificaran de periodista, tendríamos una pista, pues en este mundo periodístico, todos sabemos quién es quién, aunque sospechosos hay. Pero, escondidos bajo la falda del anonimato, le hacen los mandados al jefe. Crean sitios web para depositar las aguas negras de su alcantarillado cerebral. Allí la cobardía no se siente, se huele. Es un olor a berrinche, combinado con el que despide el supurado purulento de una herida abierta y putrefacta.

A todos los cobardes que se dicen periodistas, los invito a firmar lo que escriben con nombre y apellido. Dejen ver de qué están hechos. ¿O es que les avergüenza que sean asociados a su jefe? ¿Temen perder credibilidad –a la que ya renunciaron–por trabajar para el emperador de la piedra en la mano escondida? Al que le interese cómo reconocer a un cobarde, incluidos mis “colegas”, les recomiendo buscar en internet el ensayo titulado “Maneras de identificar a un cobarde”, de Demian Seewald.

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