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OPINIÓN

Sábado picante

Los tuiteros que siguen, simpatizan o trabajan para la masa tóxica delincuencial ha salido a defender a su amigo el procurador Eduardo Ulloa. Y a ellos se unió, entusiasta, il capo di tutti capi. Es la misma masa que exigía independencia al Ministerio Público, pero que ahora no la quiere, sino a fiscales panas. Y en este gobierno encontró gente complaciente, que le ha dado más de lo que pidió: le obsequió un títere, sumiso, obediente e igual de hipócrita que toda la pandilla.

¿Cuándo los delincuentes han exigido justicia? Eso es un absurdo. Lo que quieren es impunidad, y sus súplicas de recámara fueron escuchadas. El presidente Cortizo –como buen político– nos dio esperanzas, pero su caricatura ha provocado que los legítimos detractores de Kenia Porcell empiecen a echarla de menos. Ulloa nos mintió desde el primer día con su hueco discurso de independencia. Su descaro arreció cuando aseguró que su asistente martinellista no es fiscal. Ni siquiera hubo que desmentirlo. Su propia planilla lo hizo.

Frente a este panorama, ¿qué podemos esperar de Ulloa? Para empezar, siendo él ahora habitante distinguido del mismo churuco donde conviven sus amiguitos, solo podemos esperar un Ministerio Público hecho a la medida de su imagen: inoperante e inútil, algo que ya percibimos. De un disparo, el gobierno resolvió dos problemas: el de los actuales y el de los futuros, porque es innegable que el olor a podrido de la cloaca en la que Ulloa se siente a gusto, también empieza a emanar del gobierno que lo puso en ese puesto.

Los millones robados por los de antes y los que se roben ahora tendremos que darlos por perdidos, porque si alguna vez los habituales sospechosos deben ir a declarar al Ministerio Público –gracias al arrojo de algún funcionario despistado– el fiscal martinellista les extenderá una alfombra roja mientras toma nota de las quejas contra el despistado fiscal que los citó.

Y no creo que vaya a declarar, sino a saludar a Ulloa, quien seguramente se ocupará en persona –con algún truquito legalista– de impedir semejante atropello al debido proceso y demás hierbas. Para disculparse, quizás lo lleve a Café Madero, donde, entre vino y carcajadas, ensayarán qué poner en la carta que en ese momento redacta su asistente Rafa para despedir al despistado fiscal que no espabila, que ignora que en nuestro inmaculado sistema de justicia hay intocables y que él –Ulloa– es el guardián de este inquebrantable dogma.

Hágase un favor, señor Ulloa: renuncie. Si Kenia Porcell no era independiente, usted tampoco lo es. Y si el precio a pagar por la falta de independencia es renunciar, usted no es la excepción. Pero en su caso, señor Ulloa, no esperaré de pie, sino sentado, porque dudo que usted tenga la hidalguía, la hombría, la decencia y la entereza de hacer lo correcto, como hizo su predecesora.


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