Fue espontánea. Nadie organizó la protesta, pero allí se congregaron no solo los que cogieron una paila para sonársela a los diputados en Parrillada Jimmy’s, sino los miles que seguían la protesta por redes sociales, y en donde los comentarios sencillamente reflejaban hartazgo, rabia, frustración e impotencia. El PRD hacía lo que podía en las redes para justificar una reunión de diputados que pudo celebrarse en su costoso e inmerecido edificio, donde hay espacio más que suficiente para esos fines.
Prefirieron una opípara cena, en su restaurante preferido, mientras, con la boca llena, decidían –democráticamente– quién sería el próximo monarca del Legislativo. Llegaron a hurtadillas y fueron sorprendidos. La cena se agrió, pero alguien tiene que pagarla, y podemos imaginar quién lo hará. Los diputados deben tener medio maní en lugar de cerebro: ¿cómo pueden creer que alguien les pueda perdonar abrir un restaurante para que puedan comer y, de paso, reunirse?
Destruyeron el trabajo suyo, el de sus propios líderes. Han puesto en serios aprietos al presidente de la República, que nos ordena quedarnos en casa, mientras los diputados de su partido nos sacan la lengua. ¿Con qué cara puede salir ahora la ministra de Salud a pedir que no salgamos de casa para protegernos, si ella y su partido salen a hacer pedazos sus propios decretos?
¿Con qué moral puede la Policía cerrar un negocio no autorizado para abrir? ¿Cómo podrá arrestar a alguien que viola la cuarentena porque debe buscar sustento? ¿Qué clase de papelón harán ahora su procurador y la Corte Suprema, para disimular investigaciones “objetivas” o procesos que terminan en impunidad?
El ejemplo ya lo dieron: “si ellos pueden, ¿por qué yo no?” Señores diputados: ustedes han colmado la paciencia de mucha gente; han provocado la ira de miles que ven agotarse sus recursos y que pierden sus trabajos mientras ustedes disfrutan de nuestros impuestos. Han puesto en posición delicada a todo su Gobierno: pisotearon su credibilidad y la de ustedes también. Y todo por media libra de langostinos al ajillo.
Hay que ser un perfecto cretino para actuar con tanta ligereza. Y da más vergüenza que no haya políticos con el liderazgo para encabezar una oposición robusta y creíble, que denuncie y exija un alto a estos abusos. Solo hay cómplices, agachados y callados, pues en el fondo no son tan distintos. Como diría don Genaro: aquí “solo el pueblo salva al pueblo”.
Sugiero al Gobierno y a la pila de inútiles que fueron a saciar su gula por la salsa tzatziki que se preparen; lo que les viene no es una luna de miel. La pandemia ha empobrecido a Panamá. Y, aunque harán falta, no bastará un pavo o un jamón para desearle al pueblo feliz Navidad. Con electores que sufrirán hambre, y tras el avinagrado banquete griego, como dicen por allí, si querían ser reinas, pues les llegó la hora de tirar besitos.