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OPINIÓN

Sábado picante

Nunca he visto tanto pánico en un bravucón, que además, es un bocazas. Me recuerda al chiquillo que se deshace en lágrimas y gritos antes del pinchazo de la vacuna. Es de las cosas más patéticas presenciar el llanto de un flojo, la encarnación del miedo. A este señor le aterroriza pagar por lo que hizo. Y no se defiende porque la imaginación sencillamente no da para explicar su dolo descarnado. Así que su dream team no busca probar su inocencia. ¡Qué va! Su defensa es atacar, amenazar, advertir y golpear.

Él es la triste combinación del Dr. Zachary Smith, de Perdidos en el Espacio, y el torpe y cobarde de Mr. Bean, con algo del teatro de Travis Bickle, el personaje central de Taxi Driver, cuando, desde su celda –en esos meses en los que fue huésped del Estado– se miraba al espejo, inflaba su pecho, e imaginando que tenía al magistrado Jerónimo Mejía en frente, le decía: You talkin’ to me? You talkin’ to me?

Sí, porque él se cree un mafioso, el jefe de la Cosa Nostra local. Y eso sí es verdad. Hasta apodo tenía: Águila, aunque pienso que jamás habría emprendido vuelo si debía abandonar el nido sin ayuda, pues carece de valor para hacerlo. Sería un águila que, teniendo alas, no volará: el primer ejemplar de la especie aquila ignavus.

Otros lo llaman tiburón blanco. Estoy seguro que esos que le hacen creer ser el dueño de tanta ferocidad y majestuosidad –incluyéndose él mismo– deben ser gente como su amigo fiel, que cuando lo ven a él, en realidad (aumentada, por supuesto) tienen ante sí a un rémora, pero ellos se convencen de que están en presencia de “el gran blanco”. Saben perfectamente que contemplan al rey de los rémoras, que, además, necesita que lo acompañe un cardumen, o sea, sus propios rémoras, a los que alimenta a cambio de sus entregas totales, parodenado al difunto Cerati.

Él se ha creído su propio cuento de que es una víctima; de que hay poderes políticos y económicos que lo aborrecen y le quieren hacer daño. Y aunque suene esquizofrénico, no descarto del todo que sea una víctima, pero si lo fuera, sería de su mitomanía, de su avaricia desmedida, de su sociopatía narcisista, de su cleptomanía. Si Stan Lee lo hubiese conocido, el gran tiburón-águila habría sido inmortalizado como uno de sus súpervillanos, un X-Men de los malos.

Tras listar tanta cosa execrable, empecé a preguntarme si este tipo tiene algo de bueno. Al principio no encontré nada. Y la verdad, al final, tampoco. Pero admito que es bueno en algunas cosas. Y pensaba que si el infierno fuera una democracia, él sería un excepcional candidato para ocupar el despacho superior diabólico, aunque creo que Trump le podría hacer pelea. El problema es que todo ese lacrimógeno cloqueo no es porque quiera gobernar el infierno. Su intención es convertir Panamá en nuestro mayor infierno. Y lleva en esa campaña once años... y contando.


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