Esta semana han ocurrido cosas que creíamos haber dejado en el pasado. Pero como la historia se repite en espiral, estamos condenados a repetir los mismos errores. Nada de esto debe extrañarnos: lo vivimos hace más de 30 años y ahora lo vemos nuevamente, con otras reglas, pero con los mismo fines. Para mí no cabe duda de que hay poderes políticos aliados que buscan silenciar. No importa cómo, el fin es lo importante. Esa alianza, ahora oculta, saldrá a la luz pública tarde que temprano, pues uno de los suscritos a ese pacto es un bocaza y le gusta exhibir sus trofeos.
Y acorralado como está se torna peligroso, imprudente, y exigirá más y más a sus aliados hasta meterlos en la olla de grillos que fue su administración. Un día, sus cómplices quedarán tan sucios que no tendrán más remedio que estar con él, porque es su tabla de salvación en caso de que retorne al poder. Eso ya lo hemos visto; es su modus operandi y eso no cambiará. Pero ese plan ahora tiene un inmenso obstáculo. Lo que sucede en Guatemala y lo que sucederá en Estados Unidos es algo que debe preocuparle.
No se trata de Varela y Porcell moviendo sus hilos en el Departamento de Estado. ¿Acaso hay teoría de conspiración más desquiciada que esa? Si eso es cierto, sospecho que ambos también controlan la CIA y el Homeland Security. Sus call centers insisten en que todo es una patraña de los bochinchosos delatores brasileños, de los ineptos fiscales suizos. Y ahora nos quieren hacer creer el absurdo de que en el Departamento de Justicia de Estados Unidos son todos unos títeres.
Quizás ellos lo creen. Llevan años repitiendo tantas mentiras que ya hasta se las creen. Pero a los que tenemos algo más de dos dedos de frente nos insultan con absurdas teorías, incapaces de ver lo que está por venir. Pero seguirán insistiendo en que Porcell ordena espiar a Putin y a Xi Jinping.
Para los que no recuerdan, el 21 de diciembre de 2016, el Departamento de Justicia divulgó un acuerdo en el que Odebrecht se declaró culpable de violar la Ley sobre Prácticas Corruptas en el Extranjero, producto del “extraordinario esfuerzo internacional para identificar, investigar y enjuiciar un esquema de corrupción altamente complejo y duradero que se basó en el pago por parte de las compañías demandadas de cerca de mil millones de dólares en sobornos a funcionarios de todos los niveles de gobierno en muchos países”.
En ese acuerdo, la empresa confesó que “entre 2010 y 2014, Odebrecht realizó depósitos por $59 millones en pagos corruptos a oficiales del Gobierno de Panamá e intermediarios que trabajaban a su favor para asegurarse la adjudicación de contratos de infraestructura pública”. Después de leer este acuerdo, ¿alguien alberga una duda sobre lo que pasa en Guatemala? No es una investigación “chimba”. Se trata del futuro: es un asunto de poder político y económico; de perder el único salvavidas que queda en un barco que está haciendo agua.